Suposiciones

 
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Supongo cuando lo miro tanta felicidad que bajo ningún pretexto se me ocurriría pensar que esta es la foto de un niño desdichado. No es lo que dicen sus ojos, ni la forma en que reposa su cara, quieta e inclinada, sin perturbaciones sempiternas que, justo antes de la obturación, se las ingenian para mostrar la cara que no es; a menos que se haga carrera de modelo o se sea exquisitamente fotogénico.

Pero este niño no ha posado siquiera, ese es su rostro de siempre, solo ha mirado a la cámara y el lente lo retrató tal cual. Me lo ha dicho el fotógrafo, mientras repasa los hechos de la toma, que ha logrado, sin embargo, no ser la ríspida imagen de niños cubanos que miran al lente con un libro abierto en la mesa.

Es bello él y la ternura que desborda, nítida su naturaleza, como los campos florencianos donde, dicen, vive porque yo no lo conozco, ni sé su nombre. Escribo porque me sedujo desde una carpeta de fotos, donde pequeños de la escuelita rural Hermanos Saíz, en Florencia, fueron retratados y “guardados” para un reportaje. Allí yacen los 12 alumnos que estudian a 26 kilómetros del pueblo; habitantes de un caserío típico, a ambos lados de un camino llano si no llueve, y zigzagueante cuando el agua se empantana y no hay forma de llegar a la escuela sin fango en los pies.

He preguntado los detalles y el fotógrafo ha expurgado su memoria, incluso recordó el comentario de la maestra cuando, uno a uno, fue ubicándolos en lo intrincado del monte que les rodea y él se presentó como el niño que vive al lado del río, bendecido, además, con ocupar una casita en la cúspide de una pendiente moderada, de esas que los niños llaman lomita… y ya sabemos lo que se hace desde la punta y con una yagua.

Por eso supongo, también, que es un niño feliz, que sus mayores temores sean los de sentarse en el sillón del “dentista” y romper los zapatos recién estrenados. Que camina sin miedo y se entretiene con casi nada  que, en realidad, es mucho en cualquier campo de Cuba; un tronco, un charco, un pájaro, una semilla…

Veo a un chico bueno, de los que no rezongan demasiado ante las medidas disciplinarias con que los padres, a veces, truncamos la libertad; aunque por la forma en que mira no veo la chispa de las travesuras por las que habría de ser castigado.

Tampoco creo que sea modelo, que no sería niño entonces, pero mirándolo pienso en él con tanta dulzura y candidez que nada malo viene a mi mente y doy gracias a todos los que forjaron ese tipo de  plenitud que asoma hasta con los párpados cerrados.

Y esa felicidad está ahora aquí, en la imagen del niño que con mirada perdida nos descubre las esencias de Cuba. Porque vivir,  vivir sosegadamente y crecer con la seguridad de que creceremos es una suerte y, a veces, un lujo que solemos olvidar mientras increpamos las batallas cotidianas de las que cuelgan los destinos del país. Poder mirar así sería el mejor de los futuros.

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2 comentarios en “Suposiciones

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