El sol salió para ellos

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No exagero si digo que hace cuatro años observo con sospechas la ventana que nunca se abre, solo inclinan algunas tablillas, las de arriba, por donde se cuela el aire que seca la ropa; porque, de vez en cuando, se ve algún tipo de ropa atada al cordel de la terraza; nunca al aire libre. Y todas las noches prenden las luces, pero nunca se ve demasiado y es la ventana que queda justamente  frente a mi terraza, por eso me he dado cuenta, y me he extrañado.


Llevo cuatro años extrañada, obligada a estar al tanto del encierro, al menos las dos veces al día en que lavo y cuelgo la ropa de mi hija. En las mañanas, y en las tardes. Casi todas he mirado y he visto lo de siempre: persianas inclinadas que dejan ver las cortinas de la puerta del balcón; también cerrada.
Es muy extraño, porque no hay un sábado o un domingo en que todas las ventanas se abran, de par en par, y los vecinos se digan cosas de un edificio a otro, que si se bota el agua del tanque, que si vino carne para dieta… En ocasiones no se grita nada, pero uno ladea la cara o dice¬, “ey, qué tal”, y observa cómo alguien se recuesta al borde de su ventana, a mirar la espalda del otro edificio, mientras uno hace lo mismo y lo juzga en silencio. Y si se observa bien, podemos hasta descubrir el menú del día. Puede uno enterarse de muchísimas cosas, excepto de qué hacen en el apartamento del tercer piso, el de la escalera del medio, ese que, hasta hoy, permanecía cerrado y apenas dejaba una hendija por donde se adivinaba que vivía alguien, que nunca se dejaba ver.
Y yo solo estaba extrañada, no obsesionada como para madrugar y ver si alguien salía, o dar la vuelta y “montar la guardia” frente al Edificio 46. De modo que solo miraba dos veces al día, de lunes a viernes, y el fin de semana un poco más, pero durante cuatro años.
Hoy que la ventana ha permanecido abierta toda la mañana lo he hecho menos de lo que supuse. He visto a un hombre bello, con un short bien atlético, el pecho descubierto y una cadena que no le hacía falta. Fregaba en su terraza, nada anormal, de no ser porque las ventanas estaban abiertas y se veía, también, al otro hombre que lo miraba. Ese me vio y disimulé. Pensé que si durante cuatro años no coincidimos por las ventanas, nada justificaba mi insistencia con la vista. ¿Qué esperaba, un saludo, un comentario?
Cerré la mía, he hice lo de ellos, entreabrí unas tablillas y observé, de verdad: descubrí a dos hombres silenciosos, uno que fregaba y otro que lo contemplaba, absorto, con la cara recién levantada, algo que confirmaría el pulóver  de cuello estirado y el gesto con el que se estiró avistando mis persianas inclinadas. ¿Me habrá visto? ¡Qué pena!
¿Y por qué sería penoso mirar?, pensé. ¿Acaso la ventana abierta no significa que se puede mirar? Si no quisieran que los vieran, estuviera cerrada, como en los últimos cuatro años, me dije. Entonces me alegré de su apertura, de que los rayos entraran sin resquicios y de que el sol, por primera vez, saliera para ellos.

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9 comentarios en “El sol salió para ellos

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