Destino o fin

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Desde que besé a Pilar lo supe. Varadero era menos, había sido hasta entonces una franja ostentosa de lo que el agua clara trae consigo: turismo y bisutería. Pero Pilar no. Playa Pilar era la discreta y última esquina de Cayo Guillermo, donde podías zambullirte un miércoles desnuda porque a las gaviotas les daba lo mismo y casi nadie atravesaba la semana con un viaje de 140 kilómetros al norte de Morón.

Siempre pensé que ese recodo se había erigido con demasiadas perfecciones: un cayuelo, Media Luna, justo en frente, conteniendo la marea; una duna extravagantemente alta, a espaldas de la playa, replegando el viento; unas rocas al extremo izquierdo, recordándonos el lujo de su blanquísima arena, y un paisaje que, a la derecha, tiende al infinito por tanto cielo y mar.

Y sostuve el pensamiento hasta minutos antes de la segunda inmersión; a las puertas del pedraplén que, paradójicamente, debía volver los cayos más accesibles, que no asequibles.

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