Destino o fin

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Desde que besé a Pilar lo supe. Varadero era menos, había sido hasta entonces una franja ostentosa de lo que el agua clara trae consigo: turismo y bisutería. Pero Pilar no. Playa Pilar era la discreta y última esquina de Cayo Guillermo, donde podías zambullirte un miércoles desnuda porque a las gaviotas les daba lo mismo y casi nadie atravesaba la semana con un viaje de 140 kilómetros al norte de Morón.

Siempre pensé que ese recodo se había erigido con demasiadas perfecciones: un cayuelo, Media Luna, justo en frente, conteniendo la marea; una duna extravagantemente alta, a espaldas de la playa, replegando el viento; unas rocas al extremo izquierdo, recordándonos el lujo de su blanquísima arena, y un paisaje que, a la derecha, tiende al infinito por tanto cielo y mar.

Y sostuve el pensamiento hasta minutos antes de la segunda inmersión; a las puertas del pedraplén que, paradójicamente, debía volver los cayos más accesibles, que no asequibles.

“Su autorizo, por favor”, preguntó el oficial de guardia, dando por sentado que quien intentara cruzar el camino sobre el agua, debía poseer uno. “Si no lo traen, pueden dirigirse al punto de venta y “comprar la entrada”, remató.

“Ya sabía yooo”, chamusqué entre dientes, sin que el guardia entendiera lo que acababa de resoplar, y sin que  entendiera luego mi punto de vista: ¿Por qué no disponía él de  “autorizos” en blanco, si, al fin y al cabo, a nadie se le negaba la entrada ¿verdad?

̶  Si ustedes solo revisan números de carnet y matrícula del carro, podrían llenar in situ el papel. Por qué habría que venir con el “documento” desde Ciego de Ávila. ¿Y los que vengan desde Camagüey, y los que partan desde Sancti Spíritus, y si el domingo no hay nadie para dar el papel, y si….”

̶“Mire”, me interrumpió, “yo solo estoy aquí para cumplir lo orientado: para entrar, o trae una autorización del Gobierno, o paga las ofertas del punto de venta. La más barata cuesta tres CUC”.

Esa, en esencia, fue la conversación previa a mi segundo baño y previa a los seis CUC que desembolsó mi novio por sumergirnos en Pilar, ya no tan paradisíaca como creí la primera vez en que, de madrugada y dormida, crucé la frontera en una guagua, obviamente sin acceso restringido. Después vendrían otras zambullidas (todas con permisos) e inundadas de cuestionamientos que aún nadie ha sabido responder.

¿Por qué un extranjero puede cruzar sin autorizos y sin CUC? ¿Por qué mis familiares radicados en el extranjero gozarían de mayores libertades? ¿Por qué la compra de refrescos o cervezas funcionan como salvoconducto, mientras los que no pueden, o simplemente no quieren, deben regresar a la ciudad cabecera por un autorizo, por demás formal, pues ni siquiera allí comprueban la veracidad de los datos? ¿De verdad no bastaría con los controles a las puertas del pedraplén? ¿Por qué condicionar la estadía en nuestras públicas playas a burocracia o dinero?

Y buscando razones he llegado a maldecir la geografía de Pilar, antojada de bañar ese recodo, justo al final de Cayo Guillermo.

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