Jatibonico sin nostalgias

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El tornado, el vendaval, la tormenta severa o el sacudión que le quitó el polvo a Jatibonico llegó como me llegan las historias de mi pueblo hace quince años: por otros. Quince años en los que voy y regreso, regreso y me voy; y en esa intermitencia me he perdido, in situ, algún que otro escándalo de relevancia, que suele ser lo más normal y, al mismo tiempo, lo más relevante de Jatibonico. Obvio lo del Uruguay.

Lo demás es tan esporádico que no figura en el diario del pueblo: asfaltar la carretera central, desbaratarla, volverla a asfaltar…  abrir surcos en la calle para la tubería del agua que vendrá; reparar una escuelita, pasarle brocha al policlínico.

Hubo un día en que sí hicieron una plaza en tiempo récord e improvisaron una tribuna abierta, después de que más de 30 mil habitantes corrieran despavoridos porque la Lebrije agrietó su cortina y Jatibonico, que literalmente es un hueco, siempre ha tenido que soportar a una presa que lo mira con lástima, desde arriba; para colmo sin un aliviadero portentoso que desemboque, callado, toda el agua que embalsa cuando las lluvias la colman.

Y ni siquiera en ese junio del 2002 vi corriendo a un pueblo tan ocupado en salvarse que olvidó cerrar puertas y ventanas. La noche antes del diluvio que nunca fue  salí tranquilamente, despedida por el sopor de los pueblos comunes al que Jatibonico no logra escapar.

O no lograba, que esta vez nada pudo evitarle  la hecatombe. Lo más probable es que si mi abuela hubiese vaticinado el desastre y puesto las tijeras en cruz o salido con un cuchillo a cortarle el rabo a la nube, todavía la anduviéramos buscando. Si los 180 kilómetros por hora doblegaron, no a una, sino a dos grúas de 64 toneladas, qué no le hubiera hecho la ventisca a Haidée.

Dice mi madre que vio a un caballo volando, ¿pero volando o corriendo espantado?, le pregunto entre el asombro y la carcajada que traiciona casi siempre mis momentos serios. “Noooo, volando”, me rectifica. “Yo hasta me oriné”. Le dio por eso…y por gritar.

Otras historias llegan exquisitas desde el Escambray  que suelo envidiar, entre otras cosas, por contarme a mi pueblo, un municipio que  ̶  según confesaron dos cuadros partidistas con más especulación que  fidelidad   ̶  en una escala de desarrollo espirituano le lleva unas zancadas a La Sierpe, el que fuera creado más por la conveniencia de acomodar a la gente que cultivaba arroz al Sur del Jíbaro, que por idoneidad.

No he llegado a compararlos, pero sé que cada pueblo tiene lo suyo: Yaguajay, Taguasco, Fomento… aunque haya sido este martes cuando el tiempo arremolinara a Jatibonico y replegara al resto, no lo suficiente como para despojarlo de su pachorra dos días después o como para que yo lo extrañe demasiado.

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