Pagana… y de falda corta

 

pagana

Si los intentos valieran de algo y sentarse en el banquillo de la Iglesia y leer el salmo y escuchar el sermón y aportar el diezmo y rezar…y (bis, bis, bis) nos dotara de fe, yo hubiera sido mucho más que una pagana con ínfulas de creyente. A no dudarlo hubiese llegado a ser – nunca monja- pero sí una buena discípula del Señor, religiosamente hablando.

Porque yo quería creer y los esfuerzos terminaban desvencijados al final de la misa, con 16 años demasiado preguntones como para asumir la conformidad con que los “hijos de Dios” se explicaban las muertes, las miserias y la injusticia. Le cuestionaba al Señor tantos designios que si el pastor de los protestantes y el cura de los católicos hubieran coincidido en excomulgarme, todavía anduvieran en eso.

Así comenzó mi acercamiento a la Iglesia: cada vez más distante de sus formas, reverenciando el positivismo de los fieles que creían (y creen)  en la resurrección y  sin poder convencerme de la existencia de un Dios todopoderoso. Quizás porque los protestantes del pueblo me parecían ortodoxos en extremo y los católicos, libertinos en exceso (habían ejemplos detestables) y las pequeñas iglesias se me antojaban proscritas entre Testigos de Jehová que no saludaban la bandera y Adventistas del séptimo día para el que yo, siempre tendría algo que hacer…

Quizás Jesús no se me presentó de la mejor manera y,  simplemente, tuvimos una relación distante. Dos años, tal vez,  de esporádicas visitas en los que mi presencia inquietaba a buena parte del rebaño. Yo, con cara de oveja descarriada, no conseguía alabarlo y dejé, un día, de intentarlo. Renuncié a la catequesis, a la idea de una boda ante el altar y fui feliz en mis otros hallazgos.

Tres lustros después, las homilías de Francisco vinieron a darme la razón: no necesitaba del rito para predicar el Evangelio y, aún no sé cómo explicarlo, pero debo ser la pagana más religiosa de todas. Eso, obviamente, nunca lo entendieron, y  menos la noche en que aparecí con aquella falda, lista para la disco luego de la misa del sábado. Y juro que solo descubría unos ocho dedos por encima de la rodilla, tampoco es que fuera  tentando al Diablo.

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