A ambos lados del bloqueo

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Lo peor del bloqueo, después del bloqueo mismo, es que nos termine pareciendo normal, que vivamos acostumbrados al “no poder” y al “no tener” el resto del año y que septiembre y octubre vengan a recordárnoslo con más fuerza. Que el mundo diga NO y nosotros sigamos inalterables y bloqueados, adaptados como la mejor de las especies. Y eso ha sido también, lo “mejor” del bloqueo, que nunca hayamos encontrado un mes para rendirnos y que septiembre y octubre vengan a recordárnoslo con más fuerza.

Lo peor del bloqueo fue que mi madre en los 90 “prefiriera” el pan con frijoles porque el arroz,  “no le gustaba” y yo intentaba darle probaditas a ella  “porque así, con arroz, es más rico”. Y sería, también, lo mejor del bloqueo porque entendería luego la belleza de las mentiras que consiguen arropar el alma.

Lo peor del bloqueo fueron las zapatillas de tela con suelas resbaladizas que no dejarían salva una cámara harta de ponches; aquellos jabones de sosa caústica que primero daban picazón y luego… más picazón. Y, al mismo tiempo, fue, acaso, lo mejor: la inventiva sin par que despertó la creatividad cuando parecía que el sueño quedaría atragantado de tanto nudo en la garganta.

Lo peor del bloqueo fue aquel llanto (en realidad, perreta) por un muñeco enorme, mientras mi madre trataba de convencerme de que, aun con dinero, no podía comprarlo porque no tenía cupones. Lo mejor de este bloqueo fue que hubiera que compartirlo casi todo y que entendiera, ya de grande, que el racionamiento debió más a la justicia del acto solidario que al afán de evitar posesiones y enriquecimientos.

Lo peor del bloqueo fueron ciertas clases de Historia en las que el Diferendo Estados Unidos- Cuba era una retahíla de fechas y sabotajes que uno intentaba memorizar en vano sin que alcanzara la memoria. Lo mejor del bloqueo fue tener, precisamente, memoria para no olvidar que una retahíla de fechas y sabotajes dejaban muerte, que no importaba la precisión del calendario, sino el recuerdo involuntario de lo que desde el Norte se gestaba.

Lo peor del bloqueo es que muchos descuidos e inapetencias cubanas se han cobijado en él. Lo mejor, quiero pensar, que en el camino hacia la normalización algunos “techos” quedarán sin cobija.

Lo mejor: así, sin grado peyorativo, ha de ser que un día cualquiera, un cubano cualquiera, piense en el bloqueo y se eche a reír con esa sonrisa que pone uno cuando, a la fuerza, espanta la amargura. Algunos lo llaman supervivencia.

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Mi huracán

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Hace ya ocho años. Ocho años en los que siguieron pasando ciclones, soplando vientos y cada uno continuó recordándome, especialmente aquel, el de hace ocho años: Ike. Desde entonces presiento que no habrá peor huracán en mi vida; y no lo ha habido porque nunca he perdido nada en los temporales o de lo contrario ya hubiese cambiado mi perspectiva si el cielo de Baracoa, de Maisí o,de Imías fueran el mío; si no quedaran a más de 500 kilómetros de mí, al punto de inclinarme para ver. Ike sería, sin dudas, un vaho recuerdo.

Anduviera enfocada en lo perentorio: comida, agua,  sábana,  zapatos… un techo para timar al sereno. Lloraría como ellos y no por ellos; una sutil diferencia que es toda la diferencia al mismo tiempo, porque anoche yo hice lo de siempre, acostarme con Gretel hasta que el televisor, los cuentos o los regaños (si lo anterior no funciona) acabaran en sueño. Nosotras dos en una cama que sigue teniendo cupo para tres. Sigue leyendo