Mi huracán

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Hace ya ocho años. Ocho años en los que siguieron pasando ciclones, soplando vientos y cada uno continuó recordándome, especialmente aquel, el de hace ocho años: Ike. Desde entonces presiento que no habrá peor huracán en mi vida; y no lo ha habido porque nunca he perdido nada en los temporales o de lo contrario ya hubiese cambiado mi perspectiva si el cielo de Baracoa, de Maisí o,de Imías fueran el mío; si no quedaran a más de 500 kilómetros de mí, al punto de inclinarme para ver. Ike sería, sin dudas, un vaho recuerdo.

Anduviera enfocada en lo perentorio: comida, agua,  sábana,  zapatos… un techo para timar al sereno. Lloraría como ellos y no por ellos; una sutil diferencia que es toda la diferencia al mismo tiempo, porque anoche yo hice lo de siempre, acostarme con Gretel hasta que el televisor, los cuentos o los regaños (si lo anterior no funciona) acabaran en sueño. Nosotras dos en una cama que sigue teniendo cupo para tres.

Esa,  definitivamente, no hubiera sido mi noche en Baracoa o Maisí. Por eso vuelvo a pensar en Ike, en aquellos días en que casi recién estrenada como periodista todos los deseos con  “categoría 5” se arremolinaban queriendo hacer  “algo”: no escribir desde el lugar de los hechos como me permitirían hacer una tarde, de pasada; si no, hacer “algo” por los damnificados que quizás ni el periódico leerían en aquellos días tristes.  Era fácil, “de las 25 533 viviendas, 16 148 resultaron afectadas y unas 8 000 con derrumbe total. Solo 21 casas de curación de tabaco en el municipio más productor del país (poseía 1 857) quedaron en pie”. Así lo informaba el Primer Secretario del Partido en Consolación del Sur, a solo 145 kilómetros de mí, en La Habana.

“Nos vamos este fin de semana, ya veremos si a sacar clavos de las tablas, recoger escombros, cuidar niños pa que los padres reparen techos, cantar una canción en una esquina…algo haremos” nos decíamos, convencidos, el pequeño grupito de jóvenes que lo tenía todo planeado: irse en lo que fuera, quedarnos donde pudiéramos, comer lo que lleváramos, virar en lo que sea…Importaba ser útil y, en verdad, era lo único claro que teníamos.

Pero llegaron los peros institucionales, pues fuimos, sobre todo, un grupo que se había creado allí, nos unía el pertenecer (a).  Y si alguien en Consolación nos preguntaba ¿de dónde son? ahí mismo nos identificaríamos. Llevábamos sobre sí un nombre que no era el que nuestros padres nos habían puesto y tal peso imponía coordinaciones, especificidades, alojamiento…todo un entramado de formalismos y preparativos que nunca se concretaron. Y nunca fuimos a Consolación.

Después vendrían Paloma, Nicole, Paula, Tomás, Isacc, Sandy, Joaquín… y en la medida que la ayuda se replegaba a determinadas instituciones yo pensaba en Ike, en el viaje que jamás hice. Sandy sería la excepción (al menos públicamente reconocida) con la creación de una cuenta para enviar donaciones en ambas monedas, y Santiago de Cuba recibió no solo lo que el Gobierno dispuso, que fue  mucho. Ahora el Oriente que Mathew sacudió deshace todos mis pronósticos y ando feliz juntando cosas, viendo avalanchas de iniciativas. Definitivamente no habrá otro huracán como el que hace ocho años arrasó una parte de mí.

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