Zona de strike

 

A inicios de la serie uno ve cantar los strike como si fueran bolas, sin que nadie los aplauda porque un cuarto juego no tiene las garras de una semifinal…si es que las tiene.  Parece que estás frente al cuarto capítulo de una telenovela sosa, que podrías perderte sin sentimientos de culpa porque es en los últimos tres donde transcurre todo… si es que transcurre.

Y tú estás ahí con un tiempo yerto, menos entretenido que el reguetón del entreinning, sabiendo solo lo básico del manual de pelota, con una pizarra que ayuda poquísimo en su desfase, y un  juego abierto a punto del knock-out, y un ampaya que está arbitrando mal− dicen todos− y te confunde. Y te pones a mirar, entonces, el juego de las gradas, que se ve reñido. Tenso.

Creías haber dejado la perplejidad en los tickets de la entrada que el portero casi te arranca de la mano… y que no rasga, va acumulando. Supones que los recicla, que un peso es igual a dos y a tres y a cuatro y que según lo recaudado, al Cepero, oficialmente, debe haberle entrado la cuarta parte de la afición de esa noche. Que según sus bolsillos fue multiplicada por ¿cinco? ¿seis?

Lo creíste hasta que diste dos pasos y, a medio metro del portero, viste al policía que no ve lo que tú, y conversa con la señora del canapé de manzanas y pellys. Conversan y se ríen, no es que el tipo esté tratando de averiguar cómo esas manzanas están allí y, a veces, ni en el Cayo están. No. El hombre está diciéndole algo que a ella le da risa; por eso no creo que hablen de manzanas de 25.00 pesos. O quizás sí y solo yo no hubiese logrado entender el chiste.

Cuando ya entres al estadio sabrás que allí el asombro es peor que un fly al campo corto, que cae en picada más fácil que el uno, dos y tres del primer inning. Que puedes elevarlo a los jardines (a lo sumo) pero van a atraparlo. Que estarás ponchada, sin impulsar nada, con las bases vacías hasta que vuelvas a asombrarte y se repita el juego. Hasta el noveno.

Por eso no te inmutas ante la naturalidad con que dos hombres sentados frente a ti discuten el partido, como si cada uno le hiciera honor a su camiseta, al diferendo, al antagonismo. “Este juego tiene tanto de política”, te repites en gesto increíblemente terco, de asombro,  pero viene a ser la frase dibujada en el lateral izquierdo la que te lo reafirma. En ella Fidel dice que “el deporte tiene que ver con la vida del país, con el futuro del país, con la supervivencia del país”. El rótulo no aclara en qué año lo dijo, aunque después una rápida búsqueda te ubica el exergo a finales del 91, en un Congreso, cuando ya La Habana había tenido su Panamericano y Cuba había logrado por primera vez (¿y última?) su primer escaño en esos juegos.

Entonces la entiendes mejor. Solo entonces.

Lo que sí no alcanzas a comprender es cómo la gente sigue creyéndole el cuento a los  vendedores, al anciano que ha subido cinco veces diciendo que es la última bandeja, que se le acaban ya, que acaben de comprarlos porque se van a arrepentir, que si se demoran no se los comen tostados… Y que la gente se lance y le hagan colas sin que la ansiedad les permita que el hombre llegue a los asientos a meterle el dulce por los ojos. ¡Vaya, solo un jonrón de Holguín, y que no venga de Paumier, te asombraría más en ese momento!

Sin embargo, ni con eso alcanzarían la cima de la estupefacción los hombres que logras avistar en tu ala de estadio. Lo intuyes por la manera en que ignoran por igual a tigres y cachorros cada vez que las mujeres suben y bajan por los “últimos dulces” con esos chores que no sé describir bien. Tienen un corte triangular por detrás y el tiro es muy recto, la faja extra-alta; de modo que no enseñan el ombligo, pero dejan un cuarto de nalga fuera, a veces dos cuartos, o sea, la mitad de la nalga. Y eso en un estadio repleto de hombres causa más alboroto que las pifias del arbitraje.

Quizás cabría un empate entre las nalgas y el hombre desgalillado, invariable en su función de gritar cualquier cosa. Ese debe haber entrado por la puerta sin ver las manzanas, los tickets, la policía, y cuando entró ni escuchó al vendedor ni vio los muslos de las jevitas ni mucho menos las nalgas. El arengador deportivo solo está pal juego, concentrado. Le dice cucaracha a los que se ponchan y al ampaya que se ponga en cuatro. Suelta otras sandeces y  causa tanta gracia a su alrededor que termina siendo un pitcher de gradas: casi todos dependen de él para “disfrutar”  fuera del terreno el partido de esa noche.

Esa noche también había un hombre a mi lado, mirándome como bateador en tres y dos. Queriendo adivinar el lanzamiento y seguro solo de que tiraría a la zona de strike, ¿una recta, una curva…? Convencido de que  haría swing de todos modos porque no podía permitirse no hacer nada, quedarse esperando. Y cualquier juego es decisivo, incluso, a inicios de la serie.

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La visita

 

Tocan a la puerta y me extraña porque no suelen hacerlo. Vivo en un apartamento alto, que es una de las tantas formas en que la tranquilidad se te cuela por la puerta hecha soledad. El hombre que toca está a punto de acabar con todo eso, a media mañana de un sábado, cuando una mujer casi nunca está dispuesta para cotilleos en la sala. Y menos con quien no espera.

Pero abro ante la insistencia.

− Buenas, disculpe que la moleste, es que usted es la periodista que necesito,  hace rato que la vengo leyendo y sé que se mete en las cosas gordas y vi su foto en el periódico y algunas personas sabían que vivía por Ortiz y ya estando en el reparto fue muy fácil encontrarla, es que…

Y creo que el espasmo de mi cara debió haberle evitado la compunción de la suya porque se calló. Dejó de “presentarme”, y despacio, comenzó por el principio, presentándose él. −  “Yo necesito hablar con usted, le traigo un tema para escribir”. Sigue leyendo

Corro… y vuelo

 

El primer día duele, sobre todo por el exceso, porque corres 5 km y caminas de regreso, y lo haces tan rápido que casi corres otra vez. Encima, vas sin música en los oídos, imponiéndote tu propio ritmo, queriendo no rendirte desde el inicio. Error: te lo dirán después tus tobillos, tus talones, tus muslos, tus costillas…

Pero eso aún no lo sabes mientras te desbocas como esas chiquillas veinteañeras − que corren más para detener sus nalgas en el tiempo, que para vivir más tiempo – y las dejas atrás en los primeros 200 metros. Te adelantas, incluso, a las cuarentonas que sus maridos dejaron y creen que corriendo llegarán a alguna parte. Porque las primeras piensan que el sexo entra por los ojos y tienen razón, pero las segundas creen lo mismo y no la tienen. Diez, quince… veinte años después de compartir una cama, el sexo entra por el amor y ellas parecen no haberlo entendido. Van en sentido contrario.

Tú, en cambio, vas bien. (No en lo del sexo y los años porque ni eres veinteañera fútil queriendo momificar tus nalgas ni cuarentona de baja autoestima queriendo reconquistar con menos barriga) Estás en el medio, a los 35, creyendo que hay gente que corre hacia la meta equivocada y, no obstante, corre; de modo que si llegan rápido y se percatan, podrán cambiar el rumbo.  Y tú vas bien porque sabes distinguir. Además, corres rápido. Sigue leyendo