Zona de strike

 

A inicios de la serie uno ve cantar los strike como si fueran bolas, sin que nadie los aplauda porque un cuarto juego no tiene las garras de una semifinal…si es que las tiene.  Parece que estás frente al cuarto capítulo de una telenovela sosa, que podrías perderte sin sentimientos de culpa porque es en los últimos tres donde transcurre todo… si es que transcurre.

Y tú estás ahí con un tiempo yerto, menos entretenido que el reguetón del entreinning, sabiendo solo lo básico del manual de pelota, con una pizarra que ayuda poquísimo en su desfase, y un  juego abierto a punto del knock-out, y un ampaya que está arbitrando mal− dicen todos− y te confunde. Y te pones a mirar, entonces, el juego de las gradas, que se ve reñido. Tenso. Sigue leyendo

Anuncios

La visita

 

Tocan a la puerta y me extraña porque no suelen hacerlo. Vivo en un apartamento alto, que es una de las tantas formas en que la tranquilidad se te cuela por la puerta hecha soledad. El hombre que toca está a punto de acabar con todo eso, a media mañana de un sábado, cuando una mujer casi nunca está dispuesta para cotilleos en la sala. Y menos con quien no espera.

Pero abro ante la insistencia.

− Buenas, disculpe que la moleste, es que usted es la periodista que necesito,  hace rato que la vengo leyendo y sé que se mete en las cosas gordas y vi su foto en el periódico y algunas personas sabían que vivía por Ortiz y ya estando en el reparto fue muy fácil encontrarla, es que…

Y creo que el espasmo de mi cara debió haberle evitado la compunción de la suya porque se calló. Dejó de “presentarme”, y despacio, comenzó por el principio, presentándose él. −  “Yo necesito hablar con usted, le traigo un tema para escribir”. Sigue leyendo

Corro… y vuelo

 

El primer día duele, sobre todo por el exceso, porque corres 5 km y caminas de regreso, y lo haces tan rápido que casi corres otra vez. Encima, vas sin música en los oídos, imponiéndote tu propio ritmo, queriendo no rendirte desde el inicio. Error: te lo dirán después tus tobillos, tus talones, tus muslos, tus costillas…

Pero eso aún no lo sabes mientras te desbocas como esas chiquillas veinteañeras − que corren más para detener sus nalgas en el tiempo, que para vivir más tiempo – y las dejas atrás en los primeros 200 metros. Te adelantas, incluso, a las cuarentonas que sus maridos dejaron y creen que corriendo llegarán a alguna parte. Porque las primeras piensan que el sexo entra por los ojos y tienen razón, pero las segundas creen lo mismo y no la tienen. Diez, quince… veinte años después de compartir una cama, el sexo entra por el amor y ellas parecen no haberlo entendido. Van en sentido contrario.

Tú, en cambio, vas bien. (No en lo del sexo y los años porque ni eres veinteañera fútil queriendo momificar tus nalgas ni cuarentona de baja autoestima queriendo reconquistar con menos barriga) Estás en el medio, a los 35, creyendo que hay gente que corre hacia la meta equivocada y, no obstante, corre; de modo que si llegan rápido y se percatan, podrán cambiar el rumbo.  Y tú vas bien porque sabes distinguir. Además, corres rápido. Sigue leyendo