Corro… y vuelo

 

El primer día duele, sobre todo por el exceso, porque corres 5 km y caminas de regreso, y lo haces tan rápido que casi corres otra vez. Encima, vas sin música en los oídos, imponiéndote tu propio ritmo, queriendo no rendirte desde el inicio. Error: te lo dirán después tus tobillos, tus talones, tus muslos, tus costillas…

Pero eso aún no lo sabes mientras te desbocas como esas chiquillas veinteañeras − que corren más para detener sus nalgas en el tiempo, que para vivir más tiempo – y las dejas atrás en los primeros 200 metros. Te adelantas, incluso, a las cuarentonas que sus maridos dejaron y creen que corriendo llegarán a alguna parte. Porque las primeras piensan que el sexo entra por los ojos y tienen razón, pero las segundas creen lo mismo y no la tienen. Diez, quince… veinte años después de compartir una cama, el sexo entra por el amor y ellas parecen no haberlo entendido. Van en sentido contrario.

Tú, en cambio, vas bien. (No en lo del sexo y los años porque ni eres veinteañera fútil queriendo momificar tus nalgas ni cuarentona de baja autoestima queriendo reconquistar con menos barriga) Estás en el medio, a los 35, creyendo que hay gente que corre hacia la meta equivocada y, no obstante, corre; de modo que si llegan rápido y se percatan, podrán cambiar el rumbo.  Y tú vas bien porque sabes distinguir. Además, corres rápido.

Sin embargo, hoy estás a medio camino y vas sin música, siendo periodista llena de suposiciones cuando faltan argumentos, pudiendo darte el lujo de pensar lo que quieras sin tener que preguntar nada, verificar nada, citar nada…eres libre. No harás periodismo corriendo dos horas de una tarde. Puedes entonces escribir sobre los otros ligeramente, a la velocidad que llevas; creyendo que la vida es lo que imaginas, que cualquier sprinters te daría la razón si te leyera o te viera correr.

Pues he creído que los hombres que corren (al menos los de ayer) están tan concentrados en sus músculos y abdómenes que serían incapaces de elogiar unas piernas ajenas, ni siquiera con la mirada. Bien por ellos, muy centrados. Van solos.

Las mujeres no. Corren en grupitos y se miran unas a otras al cruzarse, cuchichean algo de vez en cuando. Pareciera que la carrera es el medio y no el fin. A ese ritmo y con ese pretexto sería muy difícil encontrarse una mujer sola corriendo, segura de que solo quiere correr y de que todo lo demás es tan secundario que podría quedarse atrás.

He confirmado que los rastreros están desesperados por espantar la soledad de las largas distancias y pitan y pestañean de luces a cualquier enlicrada (descarten que se corra por el borde de la carretera e intentan evitar un aplastamiento o que se tenga cintura, caderas y otros atributos que harían piropear al tráfico). No. Los rastreros, sencillamente, son hombres desesperados…por “llegar”. Tanto, que pierden la dirección y terminan pretendiendo hasta las que van en sentido contrario y no podrían trepar en su camarote ni para una introducción de rutina: −“¿vas muy lejos?” “¿y tu novio te deja andar solita por ahí?” “ay, si yo tuviera una novia así, no la dejara por ahí…” y el resto del soliloquio que te ponen antes de poner la tercera.

He sabido que los hombres que cortan hierba para sus animales al final de la tarde, andan cansados y sucios  y pensativos, y son delicados. Podrían adelantarte en sus carretones sin parecerse nunca a un rastrero.

Me he dado cuenta de que el borde de la ciudad está desbordada de gente que corre y de gente detenida en los cruces que quiere llegar a casa y se pregunta de dónde carajos sacan otros el tiempo (y las ganas) para correr. ¿Quién hace la comida, cuida los niños, cómo después de trabajar el día sale una mujer o un hombre a cansarse para llegar y seguir haciendo algo? He visto las mismas caras que antes ponía yo cuando, siendo ellos, creía que las carreras eran, fundamentalmente, para mantenidos, acomodados, solterones o enfermizos con  la estética y la salud (en ese orden).

Entendí que también se corre para ganar o perder  tiempo. O para que pase; que casi viene siendo lo mismo.

Y me convencí de que si una periodista va a correr debe enfocarse en su carrera, ensimismarse, obviar lo que  pasa, dejar de imaginar, de volar. Aterrizar. Solo correr.  Es más saludable y al otro día todo duele menos.

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2 comentarios en “Corro… y vuelo

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