Creyentes

La mujer venía diciendo que total, que  pa qué

Que ya eso estaba escrito y que aquí nadie iba a cambiar ná, y que, además, si  esta  constitución se violaba y no pasaba ná,  qué nos hacía pensar que con esta sería diferente.

Que ella no iba a coger lucha con ná.

−¡Shuu, esto es por gusto! ¡Por gusto!, repetía, como si necesitara consolar su  apatía o convidar a quien  le respondía, al instante, “así mismo”.

El cochero le daba la razón porque, así mismo, lo mejor era quedarse callado, tratar de vivir forrajeando un poquito por aquí, por allá y olvidarse de todo y no comer tanta mierda.

Y otra señora que no hablaba, pero que asentía de cabeza, miraba al resto buscando, tal vez respaldo. El pírrico respaldo de siete, porque en el coche veníamos diez y ya la mujer que se había desbocado más que el caballo, y que el dueño del caballo, pensaba como ella. O no. Era ella la que pensaba como ellos: una sutil diferencia que allí parecía un abismo por el que se despotricaba la Revolución.

Tres contra siete. Así iba el referéndum subiendo por Ortiz en cuatro patas. La Constitución a caballo. Y salvo los dos jóvenes de orejas taponadas con audífonos fosforescentes, que no hubiesen oído nada a favor ni en contra, el resto parecía inquieto. Cinco personas inquietas que no lograban pasar de su inquietud: quizás porque sus pensamientos ya habían sido dichos. Quizás porque no se atrevían a soltarlos así, ahí. Quizás porque el cansancio al final de la tarde no les reservaba fuerzas para  “alterarse” en las cuadras de franco que tenían. Quizás porque la riposta o el asentimiento llevaban más tiempo del que nos quedaba de viaje. O porque no tenía caso andar debatiendo, “en cada cuadra y comité” y  no quisieron, no creyeron…

Hasta que mi voz no sonó a certeza, aquel hombre− que venía masacrado en su cara de vergüenza; mirando a ninguna parte sin atreverse a descubrir( o no )  el arqueo de cejas de un  “pal carajo”, “esto no es fácil”… − no pudo mirar a nadie  en aquella carrera, como le llaman a un coche repleto de gente, a la que parecía no importarle meta alguna.

−No se preocupen que en mi trabajo hablamos tanto y de tantas cosas, que ustedes pueden darse el lujo de no decir nada, solté irónica, fustigando la maldita unanimidad con que todos (incluso el avergonzado) parecían aprobar la apatía o el despotrico. “Van a tener el país que otros propongan,” les dije con un alarde mayor al de la tristeza de ver a un cubano vencido, al que acababa de arrancarle la única mirada de frente y sus primeras palabras.

−Menos mal que hay quienes creen todavía. Ya somos dos.

Entonces, la que no coge lucha con ná, demostró que tampoco iba a cogerla con eso y se quedó callada. Y los  tres “imparciales”, comenzaron a ser ahora quienes asentían con sus cabezas, tan verticalmente que no quedaron dudas del sí. Solo que al final no supe si reafirmaban un criterio que los excluía o eran tan creyentes como nosotros.  No sé, se bajaron sin hablar.

 

 

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