Horrible…y hermoso

Debe ser horrible que un rabo te quiera subir hasta su nube y hacerte volar, como si el cielo fuera el infierno. Que cuando “bajes de esa nube”, la vida se haya tornado −nunca más literal − sobrevida, las paredes, polvo, el futuro, presente y el presente, nada.

Que te arremoline sin tiempo, apenas, para asustarte y decirle a tu mami que cierre bien todo y agitar a tu hermano con el “dale, mijo, apúrate con el pan, que te va a coger el tornado en medio de la calle”. Sigue leyendo

Dientes

Cuando a  Gretel se le cayó su primer diente lo guardé tan celosamente que terminé escondiéndolo de mí, y después de revolcar todos los rincones y de revolcar lo revolcado, comienzo a desistir de la idea de incrustarle a algún anillo de plata su  dientecito de pétalo de flor.

Tan chiquitico como fue el segundo, debo esperar a que otro se le caiga -y confiar en que no se lo trague-. Pero ese era el símbolo, el primero, y yo he heredado una costumbre sin explicaciones de guardar ese tipo de cosas. Tanto, que aún no sé qué hacer con mi pelo de hace 35 años, metido en un nailito dentro de una cajita, que está dentro de otro cajón, con el ombligo y otras pertenencias  altamente sensibles. Por eso había decidido cambiar el sentido de guardar cosas por guardar; solo para recordar y presumir del tiempo. Sigue leyendo