Horrible…y hermoso

Debe ser horrible que un rabo te quiera subir hasta su nube y hacerte volar, como si el cielo fuera el infierno. Que cuando “bajes de esa nube”, la vida se haya tornado −nunca más literal − sobrevida, las paredes, polvo, el futuro, presente y el presente, nada.

Que te arremoline sin tiempo, apenas, para asustarte y decirle a tu mami que cierre bien todo y agitar a tu hermano con el “dale, mijo, apúrate con el pan, que te va a coger el tornado en medio de la calle”.

Debe ser horrible que el infortunio, encima, se dé el lujo de sorprenderte, como las muertes sin enfermedades ni muchos años. Que por eso sea más cruel quedarte sin nada y empezar, de pronto, a desearlo todo sin saber por dónde empezar a querer porque no pensaste que un día podías perderlo todo. O peor dicho: que en unos segundos podías perderlo todo.

(Aunque una fase informativa, de alerta, de alarma… tampoco hubiesen acabado en dolor diferente: cuando los años de sacrificio se hacen recuerdos y escombros, la gente pasa de un estado a otro sin entender muy bien el proceso. Creo que hacen el cuento muchas veces para poder creérselo ellos mismos)

Luego es que se tasa el dolor con calma, en la calma que algunos llaman recuperación. Y ahí comienza lo horrible a parecernos hermoso.

Debe ser hermoso que el cielo abierto del tornado vuelva a ser  cielorraso;  techo seguro para dormir sin más pesadilla que la que ya se tuvo. Y que los precios de esas casas que se levanten puedan pagarse a plazo de salarios bajísimos, sin emplear en ello otra media vida.

Que un hombre de nosédonde se pase horas encaramado a un poste para dar luz a las 72 horas o a la semana, y que la gente sin nada solo tenga gracias para darle, que a esa hora saben mejor que el café.

Debe ser bello que una niña de ocho años entienda que renuncia a su juguete, no porque tenga más, sino porque no es lo mismo desechar, que regalar, compartir, que dar lo feo, la sobra, la mancha… Y aunque puede que cualquier cosa esté bien, mucho mejor si mandamos lo increíble y nos imaginamos a otra niña con la boca abierta de asombro; ella que debió perderlo todito en el tornado. ¿Vamos a devolvérselo, verdad?

Recomponer, dar sin aspavientos o con fotos del acto si es que el acto sirve de leitmotiv para los que no han querido ni “presumir” de la solidaridad. Dar cada vez que podamos y haga falta. Cada vez. Incluso, a riesgo de no saber qué hacer con cinco pares de zapatos y una comunidad descalza; sabiendo que caminas con la cabeza baja, midiendo los pies y preguntándote− cuando encuentras el número adecuado− si estás ante quien más los necesita.

Lo es: vivir en Cuba, donde un tornado torna lo horrible en hermoso.

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Dientes

Cuando a  Gretel se le cayó su primer diente lo guardé tan celosamente que terminé escondiéndolo de mí, y después de revolcar todos los rincones y de revolcar lo revolcado, comienzo a desistir de la idea de incrustarle a algún anillo de plata su  dientecito de pétalo de flor.

Tan chiquitico como fue el segundo, debo esperar a que otro se le caiga -y confiar en que no se lo trague-. Pero ese era el símbolo, el primero, y yo he heredado una costumbre sin explicaciones de guardar ese tipo de cosas. Tanto, que aún no sé qué hacer con mi pelo de hace 35 años, metido en un nailito dentro de una cajita, que está dentro de otro cajón, con el ombligo y otras pertenencias  altamente sensibles. Por eso había decidido cambiar el sentido de guardar cosas por guardar; solo para recordar y presumir del tiempo. Sigue leyendo