Apuestas

Nunca había visto a un gallo sin ojos, ni siquiera de lejos. Y a ese se los habían acabado de sacar, no sé si con el pico o con las espuelas porque el aleteo me impedía ver las pocas veces que me convencía de mirar.  Si lo supe fue por la insistencia con que el blanco le picoteaba la cabeza, mientras el cenizo tiraba espuelazos a ningún lugar, y por la sangre que le chorreaba hasta dejar un poco rosado al otro y mojar la arenilla de la valla, también.
Pero casi llego a dudarlo cuando el hombre gritó ¡50 mil a que el ciego gana, 50 mil a que el ciego…!  y el del frente dijo, voy, e hicieron un gesto guapetón casando sus apuestas en la zona VIP, que es donde se sientan por 60 pesos los viciosos natos a perder dinero o a ganar, depende del gallo al que le apuesten.
Pues aquel hombre le iba por 50 mil al ciego y yo creí que el cenizo no podía estar  tan ciego como para alguien le apostara mi salario de casi nueve años. Ni que aquel hombre podía estar tan loco, como para jugársela por un gallo así: y las dos veces me equivoqué.
El galló se quedó, ciego primero, muerto después, y el hombre, sin dinero. Y yo, aturdida, sentada en lo alto de la valla que es donde se sientan los espectadores menos enjundiosos por 30 pesos; los de apuestas flojas y ocasionales. Mirando cómo los dueños se iban con los gallos bajo el ala de sus brazos; cabizbajo, el del gallo muerto, exaltado, el del moribundo. Incrédula, al ver que mientras los  jueces anunciaban la otra lidia, cientos y cientos en el público se transferían con prisa y ruidosamente, fajos de billetes.
Si lo hacían rapidísimo no era porque los billetes de alta denominación fueran fáciles de contar y se llegara a 5 mil pesos en uno, dos, tres, cuatro y cinco o a su equivalente en CUC, con 4 de de 50. O por temor a que alguna autoridad descubriera que en la valla de ALCONA − la comercializadora y exportadora de gallos de lidia, adscrita (increíblemente) a la Empresa para la Protección de la Flora y la Fauna−, no solo se mataban aves (algo que ya sabían cuando la legalizaron) sino que se jugaba dinero (algo que si no sabían, debieron imaginar, al menos).
Y volví a equivocarme las dos veces: la urgencia era el preludio de la siguiente pelea que casi empezaba y de la cual no podían perderse ningún detalle; las poses de los gallos en sus jaulas de metal, sus colores, su raza…Antes de los primeros espuelazos ya estaban unos desesperados por ganar más y otros, más desesperados, por recuperarse. Todos apostando de nuevo.
Aunque en una parte del graderío no se divisaban trueques, solo escándalo y  morbo. Quizás porque habían casado sus apuestas anticipadas o porque el disfrute se reducía a presenciar la muerte del animal y no querían arriesgarse a perder otra cosa, además de sus escrúpulos.
En esa parte estaba yo, desubicada. Disimulando las fotos que, dicen, están prohibidas, pero como las apuestas también…terminé haciéndolas con menos miedo que los gallos que se pelean a muerte. No alcanzó el zoom, sin embargo, para el juez que hace dos años y medio− cuando la valla de Ciego de Ávila abrió sus puertas jactándose de ser la más grande del país− confesara a Invasor  que el día inicial hubo apuestas de 300 mil pesos y “jueció” peleas− relámpago de 56 milésimas de segundos. Gallos súper letales aquellos.
Allí seguía él, invicto, con el micrófono en una mano y el cronómetro en la otra, animando la tarde de este sábado 23 en el que nadie hubiese apostado por mí.

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