La política

Cuando el general le puso la mano en el hombro y le preguntó su nombre, ella, apresurada, se lo dijo. Y le dijo más: su apellido, que tenía dos hijos, que era una mujer enfermiza …Sin comas ni puntos suspensivos le dijo también que su casa estaba resentida por la imposibilidad, primero, y por las ráfagas de Irma después.

Más o menos se escuchó así: “general, si yo antes me las veía negra, imagínese ahora, ¿cómo  me las arreglo?”  Y mientras le hablaba señalaba la esquina de su antes y ahora. El antes: una casa de 100 años con puntales altos, pero no lo suficientemente altos como para que si un día cayeran en estampida a ella le alcanzara el tiempo para librar a sus hijos del derrumbe. El ahora: esa misma posibilidad, pero más probable aún después de los soplidos del viento y la humedad de las aguas.

Por eso, cuando el general le puso la mano en el hombro ella sintió que el futuro podría ser diferente. Porque  todos los días un general no desciende de su helicóptero, te pone  una mano en el hombro y le dice a sus inferiores (que en ese momento son todos) que hay que ayudar a una mujer, priorizarla.

Ella respiró feliz, asintió, caminó a su lado…y como, a veces, se necesita ponerle nombre, apellidos e historia al gesto, se convirtió en el símbolo de los desposeídos en aquella calle de Punta Alegre que se negó a dejar pasar al general montado en guagua, después de haber aterrizado. “Déjenlo que camine, que se baje pa que vea”, habían vociferado minutos antes tres hombres  frente al camino, intransigentes, y el pueblo aglomerado detrás de ellos tampoco se movió ante la escolta que indicaba hacerse a un lado.

Entonces fue cuando el general bajó y le puso la mano en el hombro. Desde el fondo alguien masculló la desaprobación diciendo que lo que hacía falta era cabilla, cemento y agilidad, no tanto jefe dando recorrido.  Más o menos se escuchó así: “esta gente viene a decir y a decir y a decir… ¿y en la concreta, qué?”

Hablaba, desconociendo los hilos que entretejen  la política. Desoyendo a Varela: “entiéndelo brother, tómalo como quieras/ la política no cabe en la azucarera”.

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Despedida

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Había una crónica aquella noche. Podía haberle escrito sus besos, pero cerró los ojos sin besarlo y con la página en blanco. Durmió la crónica definitivamente y se arrancó la inspiración cerrando los ojos, suave, como quien sucumbe a la noche, más por hábito que por convicción.

Logró dormirse sin decirle nada y él creyó que nada tenía ella que decirle y  quiso cerrar los suyos que se le negaban, abiertos, a  una mujer desnuda y dormida, fácil de contemplaciones. Sin el pudor ocultándole partes.

Él tuvo que voltearse para conciliar su sueño…o su pena y  ella se quedó impávida, sin crónica y sin él.

Un tiempo después se sentó y le escribió estas líneas. Las tituló despedida.

A ambos lados del bloqueo

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Lo peor del bloqueo, después del bloqueo mismo, es que nos termine pareciendo normal, que vivamos acostumbrados al “no poder” y al “no tener” el resto del año y que septiembre y octubre vengan a recordárnoslo con más fuerza. Que el mundo diga NO y nosotros sigamos inalterables y bloqueados, adaptados como la mejor de las especies. Y eso ha sido también, lo “mejor” del bloqueo, que nunca hayamos encontrado un mes para rendirnos y que septiembre y octubre vengan a recordárnoslo con más fuerza.

Lo peor del bloqueo fue que mi madre en los 90 “prefiriera” el pan con frijoles porque el arroz,  “no le gustaba” y yo intentaba darle probaditas a ella  “porque así, con arroz, es más rico”. Y sería, también, lo mejor del bloqueo porque entendería luego la belleza de las mentiras que consiguen arropar el alma.

Lo peor del bloqueo fueron las zapatillas de tela con suelas resbaladizas que no dejarían salva una cámara harta de ponches; aquellos jabones de sosa caústica que primero daban picazón y luego… más picazón. Y, al mismo tiempo, fue, acaso, lo mejor: la inventiva sin par que despertó la creatividad cuando parecía que el sueño quedaría atragantado de tanto nudo en la garganta.

Lo peor del bloqueo fue aquel llanto (en realidad, perreta) por un muñeco enorme, mientras mi madre trataba de convencerme de que, aun con dinero, no podía comprarlo porque no tenía cupones. Lo mejor de este bloqueo fue que hubiera que compartirlo casi todo y que entendiera, ya de grande, que el racionamiento debió más a la justicia del acto solidario que al afán de evitar posesiones y enriquecimientos.

Lo peor del bloqueo fueron ciertas clases de Historia en las que el Diferendo Estados Unidos- Cuba era una retahíla de fechas y sabotajes que uno intentaba memorizar en vano sin que alcanzara la memoria. Lo mejor del bloqueo fue tener, precisamente, memoria para no olvidar que una retahíla de fechas y sabotajes dejaban muerte, que no importaba la precisión del calendario, sino el recuerdo involuntario de lo que desde el Norte se gestaba.

Lo peor del bloqueo es que muchos descuidos e inapetencias cubanas se han cobijado en él. Lo mejor, quiero pensar, que en el camino hacia la normalización algunos “techos” quedarán sin cobija.

Lo mejor: así, sin grado peyorativo, ha de ser que un día cualquiera, un cubano cualquiera, piense en el bloqueo y se eche a reír con esa sonrisa que pone uno cuando, a la fuerza, espanta la amargura. Algunos lo llaman supervivencia.

Mi huracán

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Hace ya ocho años. Ocho años en los que siguieron pasando ciclones, soplando vientos y cada uno continuó recordándome, especialmente aquel, el de hace ocho años: Ike. Desde entonces presiento que no habrá peor huracán en mi vida; y no lo ha habido porque nunca he perdido nada en los temporales o de lo contrario ya hubiese cambiado mi perspectiva si el cielo de Baracoa, de Maisí o,de Imías fueran el mío; si no quedaran a más de 500 kilómetros de mí, al punto de inclinarme para ver. Ike sería, sin dudas, un vaho recuerdo.

Anduviera enfocada en lo perentorio: comida, agua,  sábana,  zapatos… un techo para timar al sereno. Lloraría como ellos y no por ellos; una sutil diferencia que es toda la diferencia al mismo tiempo, porque anoche yo hice lo de siempre, acostarme con Gretel hasta que el televisor, los cuentos o los regaños (si lo anterior no funciona) acabaran en sueño. Nosotras dos en una cama que sigue teniendo cupo para tres. Sigue leyendo

La merma…desconcierta

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A mí, que el despiste se me da en dosis tan pequeñas como inoportunas, aquel anuncio mascado entre dientes me dejó, al menos, intrigada. Entonces hice lo que se supone haga toda mujer cuando está rodeada de otras mujeres que se beben la mañana con calma en una peluquería: agucé el oído. “Sacaron zapatos en la tiendecita. Mira estos, nuevos, sin defectos ni roturas, a 2:30”. ¿2.30?, tuve que repetirme en voz alta porque mis oídos escuchaban 2.30, pero el cerebro procesaba 12.30. “Son los zapatos que llevan tiempo sin venderse, es que los sacan muy caros y los pasaron pa la tienda de merma por lento movimiento, pero están nueeeeeeevos”. Así, con tono enfático en la e, ella recalcaba que aquello era una ganga; una ganga que se ofertaba por subterfugios del “meroliqueo”, del que yo me había enterado por casualidad y… ¡por suerte!

Cuatro pares compré. En total 10.00 CUC que no serían nunca los más de 70.00 que hubiera necesitado para adquirirlos en sus precios originales. Y allí, minutos antes de pagar, pensé en la sempiterna condición de persona-periodista, en la triste dualidad de quien compra leche en polvo en el “mercado negro” y después denuncia la corrupción desde las páginas de un diario  porque sabe que el periodismo no es un traje que te pones en las mañanas y cuelgas en las tardes, y que no te desvistes para lavarlo, plancharlo y sacarlo del closet a conveniencia.  Empecé a torturarme con culpas ridículas: “¿compro zapatos o escribo? ¿Compro zapatos o escribo?, me decía casi “piteando” la respuesta.

Ya saben que terminé haciendo las dos cosas. Sigue leyendo

Dibujando un cuadro

 

Transporte

Hay un cuadro estatal socialista que lleva impreso el nombre al cargo, y viceversa. Y ese mismo cuadro dispone de un carro con su tarjeta, su gasolina, su libre acceso y su estatus jerárquico por más que él quiera y sea, uno más. No lo es, sin embargo: y no lo es porque no quiere serlo,  que bien pudiera empapelarse tras el cristal y a la usanza de sus similares encender  luces si un amarillo le solicita detenerse ,o detenerse y  decir: “estoy trabajando”, aunque se trabaje en la misma dirección de los que esperan ir hacia allá, también a trabajar. Sigue leyendo

Pagana… y de falda corta

 

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Si los intentos valieran de algo y sentarse en el banquillo de la Iglesia y leer el salmo y escuchar el sermón y aportar el diezmo y rezar…y (bis, bis, bis) nos dotara de fe, yo hubiera sido mucho más que una pagana con ínfulas de creyente. A no dudarlo hubiese llegado a ser – nunca monja- pero sí una buena discípula del Señor, religiosamente hablando.

Porque yo quería creer y los esfuerzos terminaban desvencijados al final de la misa, con 16 años demasiado preguntones como para asumir la conformidad con que los “hijos de Dios” se explicaban las muertes, las miserias y la injusticia. Le cuestionaba al Señor tantos designios que si el pastor de los protestantes y el cura de los católicos hubieran coincidido en excomulgarme, todavía anduvieran en eso.

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Pal carajo los inmigrantes

 

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De ahora en adelante no diré carajo: diré Svalbard; y a menos que se estudie geografía nadie sabrá que lo estoy mandando al lugar más al norte del mundo, a unas islitas noruegas del Ártico donde los osos polares superan a la gente y donde, por supuesto, Schenguen no es nada, porque si fuera un acuerdo para circular libremente por la Unión no se parecería tanto al mismísimo carajo o al lugar de acogida que prevén los verdes noruegos para los inmigrantes.

Les han caído del cielo, ya no de Siria, Afganistán,  Serbia, Iraq… y hasta hablan de puestos de trabajo, ahora que la minería del carbón despide a varios de los menos de 3 000 habitantes.  Puede que sea este, sin embargo, un gesto muy humanitario de los noruegos y yo lo comprenda menos que su idioma. Puede… pero del mismo modo que no esperaba mansiones de Oslo, no imaginaba un paisaje tan templado y desolador para gente que se resiste a morir de un tiro, de hambre o de miedo.

Con esa lógica noruega el mundo podría “aniquilar”, de paso, dos inconvenientes. Así,  mientras se  “deshace” de los millones de desplazados va reservándoles un sitio conveniente: se me ocurre que talen madera en Siberia, que pesquen en  Alaska y construyan turísticos iglús para si alguien quiere embadurnarse de aceite y hacerse el esquimal. O que los conduzcan a  islitas remotas de nombres que solo aparecen en los mapas y les coloquen algunos botes, por si un día se aburren y se las dan de malagradecidos.

Y lo más triste es que, quizás, miles y miles de inmigrantes terminen agradeciéndole a los escandinavos su diplomático eufemismo, la disimulada y primermundista manera de cagarse en el mundo y mandarlos al carajo, o sea, a Svalbard.