El otro choque

Solo el muro le puso frenos, en “su defensa”, y en la imagen no parece ni resentido. El mismo malecón que tantas otras veces ha sido puerta, fue el único que le puso el pare definitivo al  almendrón verde que hacía años manejaba llevándoselo todo. Increíble. No hubo obstáculo más fuerte hasta que llegó el concreto y, unos segundos antes, los muertos.

Atrás ya había quedado el ceda el paso que no fue, la roja que pareció verde, el límite de velocidad que no tuvo, el adelantamiento indebido, el sueño, el alcohol, el socio del somatón, el inspector acere, el yunta del oficial que una vez le tiró un cabo con los puntos del sistema, la chiquita de tránsito que es amiga de la sobrina de Fulanito, el caballito…y toda la concatenación de hechos, probables o no, que ahora, finalmente, resumimos en una palabra: accidente.

O puede que no, que sin el alcohol en sangre ese carro no se le hubiera ido de las manos y circulara todavía, dejando para luego la fatalidad de otros muertos en otra calle, menos popular o habanera, tal vez. Quizás por el ya habitual tramo de la autopista, entre Villa Clara y Sancti Spíritus, hubiese sido considerado un accidente “menor” si juzgamos a este por  los febriles titulares de medios de acá y acullá, con rueda de prensa, incluida. De haber sido uno de los tantos que se reportan con el final consabido de “se investigan las causas”…este hecho   también nos hubiera parecido lo de siempre: un accidente.

Pero la prolijidad de datos ofrecidos por las autoridades nos hizo apreciar un accidente  ya no tan accidental y entre el encono de las redes sociales y la sarta de comentarios en sitios oficiales, la gente ha terminado preguntándose,  no solo cómo puede la vida ser tan efímera,  injusta y sujeta a irónicas casualidades, sino cómo  ha pasado todo lo otro.

¿Cómo matar una vaca podría sancionarse con más años que matar una persona, aun con la imprudencia a favor? ¿Cómo la caída de un avión con cientos de lutos no ha merecido, también, detalladas explicaciones? ¿Cómo nadie se percató  en tantos años  de lo que una comisión pudo revelar 48 horas después de la tragedia? ¿Cómo nos damos el lujo de vender autos a precios siderales mientras el parque casi museable de la Isla debe contentarse con un rodamiento traído de Rusia? ¿Cómo  el irrespeto detrás del timón y fuera del timón ha llegado a límites tan permisivos que solo los muertos parecen recordárnoslo?

El choque de ese auto contra el muro del malecón llega  a doler, más allá de las víctimas que hoy lamentamos.

Anuncios

Creyentes

La mujer venía diciendo que total, que  pa qué

Que ya eso estaba escrito y que aquí nadie iba a cambiar ná, y que, además, si  esta  constitución se violaba y no pasaba ná,  qué nos hacía pensar que con esta sería diferente.

Que ella no iba a coger lucha con ná.

−¡Shuu, esto es por gusto! ¡Por gusto!, repetía, como si necesitara consolar su  apatía o convidar a quien  le respondía, al instante, “así mismo”.

El cochero le daba la razón porque, así mismo, lo mejor era quedarse callado, tratar de vivir forrajeando un poquito por aquí, por allá y olvidarse de todo y no comer tanta mierda.

Y otra señora que no hablaba, pero que asentía de cabeza, miraba al resto buscando, tal vez respaldo. El pírrico respaldo de siete, porque en el coche veníamos diez y ya la mujer que se había desbocado más que el caballo, y que el dueño del caballo, pensaba como ella. O no. Era ella la que pensaba como ellos: una sutil diferencia que allí parecía un abismo por el que se despotricaba la Revolución.

Tres contra siete. Así iba el referéndum subiendo por Ortiz en cuatro patas. La Constitución a caballo. Y salvo los dos jóvenes de orejas taponadas con audífonos fosforescentes, que no hubiesen oído nada a favor ni en contra, el resto parecía inquieto. Cinco personas inquietas que no lograban pasar de su inquietud: quizás porque sus pensamientos ya habían sido dichos. Quizás porque no se atrevían a soltarlos así, ahí. Quizás porque el cansancio al final de la tarde no les reservaba fuerzas para  “alterarse” en las cuadras de franco que tenían. Quizás porque la riposta o el asentimiento llevaban más tiempo del que nos quedaba de viaje. O porque no tenía caso andar debatiendo, “en cada cuadra y comité” y  no quisieron, no creyeron…

Hasta que mi voz no sonó a certeza, aquel hombre− que venía masacrado en su cara de vergüenza; mirando a ninguna parte sin atreverse a descubrir( o no )  el arqueo de cejas de un  “pal carajo”, “esto no es fácil”… − no pudo mirar a nadie  en aquella carrera, como le llaman a un coche repleto de gente, a la que parecía no importarle meta alguna.

−No se preocupen que en mi trabajo hablamos tanto y de tantas cosas, que ustedes pueden darse el lujo de no decir nada, solté irónica, fustigando la maldita unanimidad con que todos (incluso el avergonzado) parecían aprobar la apatía o el despotrico. “Van a tener el país que otros propongan,” les dije con un alarde mayor al de la tristeza de ver a un cubano vencido, al que acababa de arrancarle la única mirada de frente y sus primeras palabras.

−Menos mal que hay quienes creen todavía. Ya somos dos.

Entonces, la que no coge lucha con ná, demostró que tampoco iba a cogerla con eso y se quedó callada. Y los  tres “imparciales”, comenzaron a ser ahora quienes asentían con sus cabezas, tan verticalmente que no quedaron dudas del sí. Solo que al final no supe si reafirmaban un criterio que los excluía o eran tan creyentes como nosotros.  No sé, se bajaron sin hablar.

 

 

La visita

 

Tocan a la puerta y me extraña porque no suelen hacerlo. Vivo en un apartamento alto, que es una de las tantas formas en que la tranquilidad se te cuela por la puerta hecha soledad. El hombre que toca está a punto de acabar con todo eso, a media mañana de un sábado, cuando una mujer casi nunca está dispuesta para cotilleos en la sala. Y menos con quien no espera.

Pero abro ante la insistencia.

− Buenas, disculpe que la moleste, es que usted es la periodista que necesito,  hace rato que la vengo leyendo y sé que se mete en las cosas gordas y vi su foto en el periódico y algunas personas sabían que vivía por Ortiz y ya estando en el reparto fue muy fácil encontrarla, es que…

Y creo que el espasmo de mi cara debió haberle evitado la compunción de la suya porque se calló. Dejó de “presentarme”, y despacio, comenzó por el principio, presentándose él. −  “Yo necesito hablar con usted, le traigo un tema para escribir”. Sigue leyendo

Espectador crítico

espectador critico

Sucede un domingo de mayo y siete años después de que un director llevara a la pantalla lo que acabo de ver. Sucede, justo, cuando en esta Isla pequeña se habla de Ley de prensa y recién concluyen asambleas provinciales de la Unión de Periodistas de Cuba donde sus miembros suelen exigir un mejor periodismo, como si primero no tuviésemos que exigírnoslo.

Sigue leyendo

Los aparecidos

descarga cuba

 

“…cómo se le habla al desaparecido/con la emoción apretando por dentro”.

 

Los desaparecidos de Cuba se extravían en las aguas que bordean la Isla, nunca tierra adentro. No se muere aquí sin un enterramiento o sin que las llamas nos reduzcan a cenizas. Solo los que parten, y desaparecen, quedan en el mar de las imprecisiones, en el algún lugar del estrecho, entre Cuba y Florida. Y en último caso son responsables de su hundimiento porque nadie los arroja al agua, aunque algunos salpiquen su migración de política, justificando el papel de “refugiado” con el que disimulan tanto riesgo por dólares de vuelto.

Sigue leyendo

El precio del ébola

images

Puede que sí, que algún cubano se haya embarcado a Sierra Leona, Liberia o Guinea Conakry pensando no solo en salvar vidas, si no en mejorar la suya. Nadie podría asegurarlo, sin embargo, solo malviven las ponzoñas de una campaña que intenta mercantilizar los actos de fe y heroísmo, porque la Organización Mundial de Salud(OMS) destina fondos a los que combaten el virus y Cuba ha hecho lo de siempre, lo que hacía antes de que existieran esos fondos: ayudar.

Si la valentía se midiera en dólares entonces la OMS quebraría financieramente con los casi 400 cubanos que acudirán a los enfermos y supongo que ni el presupuesto militar de Estados Unidos la salvaría, a menos que se acuda a una devaluación irrespetuosa y se “compre” a los batas blancas, según dicen ciertas agencias y páginas vocingleras, con una casa, un carro, y 8 000 dólares de salario. Sigue leyendo

Suposiciones

 
_DSC0277

Supongo cuando lo miro tanta felicidad que bajo ningún pretexto se me ocurriría pensar que esta es la foto de un niño desdichado. No es lo que dicen sus ojos, ni la forma en que reposa su cara, quieta e inclinada, sin perturbaciones sempiternas que, justo antes de la obturación, se las ingenian para mostrar la cara que no es; a menos que se haga carrera de modelo o se sea exquisitamente fotogénico. Sigue leyendo