Mi conga

Calle Libertad. Ciego de Ávila. 17 de mayo de 2017

Calle Libertad. Ciego de Ávila. 17 de mayo de 2017

Hace dos años conguié por Libertad, que es la calle del nombre más apropiado del mundo para un 17 de mayo que se opone a la inquisición de nuestra sexualidad en cuerpo y alma.

Pero quienes encorsetan la felicidad al sexo contrario del que presumen ya sabían que cada 17 de mayo la libertad se abría paso en esa calle, y fueron a mirar desde las aceras. Separados para no confundir el “ver” con el “ser”.

Fueron a fisgonear el “espectáculo” porque a media mañana las oficinas espantan y la cumbancha (incluso esa que espanta tanto o más) es superior a lo previsible de una ruta donde ni las perchas de Guyana, Panamá o México logran espabilar la modorra.  Ni siquiera, el mancomunado esfuerzo del Patio de ARTEX y Vivienda Provincial, posicionados allí, le dan más aglomeraciones a Libertad, que un 17 de mayo.

A estas alturas, solo alguna de sus tiendas convertibles con salchicha, pollo o aceite pudiera competir con la conga. Pero hace dos años había de todo eso; incluso conga. Y ahora… ya sabemos.

Pues hace dos años ella estaba en uno de los tumultos (de la acera); en el bando de los que miran, extendiendo una mano para saludarme. ¿Tú eres Katia Siberia, la periodista?, me dijo sorprendida y feliz, en igualdad de sensaciones, creo. Y mientras le asentía con esa sonrisa que merecen todos los lectores, me felicitaba por mi valentía. “Eres muy valiente, mija. Muuuuuuuy”.

−Gracias, gracias, es mi deber escribir así, le respondí  escueta porque las congas no perdonan a los retardados y solo los “arrolladores” del Gobierno, Salud… y otros organismos a los que la inclusión no les daba para tanto, iban despegados. Y  yo no quería “confundirme” con ellos.

En mi retirada alcancé a ver su perplejidad, como quien no entiende “escribir así”. ¿Pero de qué habla ella? , puso cara  la señora. ¿Pero de qué habla ella? puse cara, también yo.

Hasta que ágil entendí, otra vez, a esa multitud que solo ve en su ídem la defensa de derechos. Nadie mejor que un negro para  defender negros y enfrentarse al racismo. O que una mujer para ser feminista y ponderar la igualdad. O que un guajiro para entender de sudores, o que un  joven para hablar de desenfados… Entonces: nadie como una lesbiana para meterse en medio de la calle y conguear con los LGBTI y todas las letras que quieran sumarle.

Casualmente, esa misma multitud  termina jactándose de los porcientos de un parlamento – de hecho, sin gay, lesbianas, bi o trans, al menos, declarados − que se ufana de una diversidad a la que no le hace honor su unanimidad. Por el contrario.

Y comprendí tanto a aquella señora decepcionada por la valentía que yo no tenía (que tener), que le dediqué el primer párrafo de Los prejuicios también desfilan, para que un día me felicitara por la otra:

“Iban por la calle Libertad. Nombre impropio en los últimos mayos porque unos cientos desfilan exigiendo sus derechos, pero otros cientos, muchos más, se detienen a juzgarlos. Todo ocurre en la misma calle de los prejuicios donde, supone la mayoría, marchen solo los homosexuales y quienes los defienden, que han de ser, suponen también, homosexuales; algunos heteros que se atreven, como mínimo, a parecer homosexuales; y  los organismos que apoyan la inclusión en Cuba, aunque la teoría no les alcance para incluirse en la conga”.

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Sobrevida

Yo quería creer. Y más que querer, necesitaba, pero dentro de una morgue hasta las creencias se congelan y  es la idea de la resurrección la que termina en el más allá adonde creíamos que iban los muertos, después de muertos. Y es mentira: al menos mientras observas el cuerpo en la camilla todavía mojada y te piden vestirlo, ocultando la herida de los evisceradores.

Ahí todavía no alcanzas a creer que el alma se eleva, que hay ciertas neuronas que murieron minutos después del corazón y que alguna de ellas podría haberte extendido una despedida a destiempo, aunque tampoco resultaría. No, en una morgue no existe la más remota posibilidad de pensar en la vida, todo es pesimismo, el más sentido de los pésames se da allí.  Luego no se puede.

Porque afuera el llanto de unos corrompe a otros y rompen todos a llorar y casi no hay silencio para el dolor ni estómago para las flores marchitas que aterradoramente huelen muertas, y los ataúdes te impiden tocarle la mano o pasarle la tuya por la frente que siempre te había parecido el sitio de la lástima, cuando la bordeabas con el revés de los dedos. Y eso, exactamente, fue lo que hiciste y sentiste en la morgue.

Una lástima por  todos los que nunca sospechamos que antes de llegar allí podía estarse tan vivo y  por ella que estaba tan muerta. Y peor aún: por haberse ido sin sospechas, algo que de pronto parecía un alivio que ahorraba agonías, como una crueldad con quien deja para después una palabra, la cafetera, recordarle algo al viejo….

Si la funeraria exacerbó todas esas deudas y repasó cada uno de los pendientes  en triste ajuste de cuentas,  el cementerio pareció sepultarlas sin remedio. Pero increíblemente fue allí donde sentí que resucitaba, al fin, y creí  por primera vez en la eternidad. Con la certeza de que no volvería a verla empecé a recordarla para que nunca se me borrara, hasta en aquella manía de su lengua provocando el diastema que antes sonaba incómodo y ahora hermoso.  Desde el entierro de mi tía nunca he sentido una muerta tan viva, y viceversa.

Perfil de una niña

La escuela de Blanquita

Dicen que Blanquita se frota duro las manos y se las pega a las orejas para calentárselas y enseñarle a la maestra que tiene fiebre, que toque ahí, que sí, que está caliente y que por eso no viene a la escuela. Dicen que es una mentirosa.

Y que la basura del aula la mete debajo de la mesa de alguien, donde van los libros, y le echa la culpa a los otros. Que es una niña maldita.

Que anda por ahí en blúmer con 9 años, sin pena ni nada, y que ellos la regañan, ¿Blanquita tú estás loca? y ella les saca la lengua. Porque es una pesada, dicen.

Que sí la llaman Blanquita por su piel y porque tenía un pelo rubio, rubio, pero ya no, que se da tintes y lo ha tenido de varios colores, rojo, negro…Dicen que es la candela.

Ellos se atreven, incluso, a contarme que Blanquita hace esas cosas porque a su mamá le da la gana y porque su papá seguro toma ron. Mucho ron, aclaran.

Son capaces de construirme el perfil de Blanquita sin que yo la haya visto ni de paso aquella mañana en la escuelita rural, donde hacía las fotos cuando su silla vacía me distrajo. Una, dos…tres preguntas, apenas, y sus amiguitos de tercer grado me narraban su vida, repeliéndola por mentirosa, maldita, pesá, candela…

Blanquita es la niña mala del aula cuando está y también cuando falta.

Pero yo pensaba en sus padres, en la impunidad con que la han “educado”; en lo distinto que sería todo si su madre anduviera con un maletín de fideos comprados en una esquina y revendidos en la otra. O si su padre robara o tuviera dos putas bajo su mando haciendo dinero, entregándoselo.

Probablemente no hubieran llegado a “tercer grado” ni fuera este el perfil de un problema que algunos podrían notar cuando la deformación sea incorregible. Suele pasar.

Apuestas

Nunca había visto a un gallo sin ojos, ni siquiera de lejos. Y a ese se los habían acabado de sacar, no sé si con el pico o con las espuelas porque el aleteo me impedía ver las pocas veces que me convencía de mirar.  Si lo supe fue por la insistencia con que el blanco le picoteaba la cabeza, mientras el cenizo tiraba espuelazos a ningún lugar, y por la sangre que le chorreaba hasta dejar un poco rosado al otro y mojar la arenilla de la valla, también.
Pero casi llego a dudarlo cuando el hombre gritó ¡50 mil a que el ciego gana, 50 mil a que el ciego…!  y el del frente dijo, voy, e hicieron un gesto guapetón casando sus apuestas en la zona VIP, que es donde se sientan por 60 pesos los viciosos natos a perder dinero o a ganar, depende del gallo al que le apuesten.
Pues aquel hombre le iba por 50 mil al ciego y yo creí que el cenizo no podía estar  tan ciego como para alguien le apostara mi salario de casi nueve años. Ni que aquel hombre podía estar tan loco, como para jugársela por un gallo así: y las dos veces me equivoqué.
El galló se quedó, ciego primero, muerto después, y el hombre, sin dinero. Y yo, aturdida, sentada en lo alto de la valla que es donde se sientan los espectadores menos enjundiosos por 30 pesos; los de apuestas flojas y ocasionales. Mirando cómo los dueños se iban con los gallos bajo el ala de sus brazos; cabizbajo, el del gallo muerto, exaltado, el del moribundo. Incrédula, al ver que mientras los  jueces anunciaban la otra lidia, cientos y cientos en el público se transferían con prisa y ruidosamente, fajos de billetes.
Si lo hacían rapidísimo no era porque los billetes de alta denominación fueran fáciles de contar y se llegara a 5 mil pesos en uno, dos, tres, cuatro y cinco o a su equivalente en CUC, con 4 de de 50. O por temor a que alguna autoridad descubriera que en la valla de ALCONA − la comercializadora y exportadora de gallos de lidia, adscrita (increíblemente) a la Empresa para la Protección de la Flora y la Fauna−, no solo se mataban aves (algo que ya sabían cuando la legalizaron) sino que se jugaba dinero (algo que si no sabían, debieron imaginar, al menos).
Y volví a equivocarme las dos veces: la urgencia era el preludio de la siguiente pelea que casi empezaba y de la cual no podían perderse ningún detalle; las poses de los gallos en sus jaulas de metal, sus colores, su raza…Antes de los primeros espuelazos ya estaban unos desesperados por ganar más y otros, más desesperados, por recuperarse. Todos apostando de nuevo.
Aunque en una parte del graderío no se divisaban trueques, solo escándalo y  morbo. Quizás porque habían casado sus apuestas anticipadas o porque el disfrute se reducía a presenciar la muerte del animal y no querían arriesgarse a perder otra cosa, además de sus escrúpulos.
En esa parte estaba yo, desubicada. Disimulando las fotos que, dicen, están prohibidas, pero como las apuestas también…terminé haciéndolas con menos miedo que los gallos que se pelean a muerte. No alcanzó el zoom, sin embargo, para el juez que hace dos años y medio− cuando la valla de Ciego de Ávila abrió sus puertas jactándose de ser la más grande del país− confesara a Invasor  que el día inicial hubo apuestas de 300 mil pesos y “jueció” peleas− relámpago de 56 milésimas de segundos. Gallos súper letales aquellos.
Allí seguía él, invicto, con el micrófono en una mano y el cronómetro en la otra, animando la tarde de este sábado 23 en el que nadie hubiese apostado por mí.

Horrible…y hermoso

Debe ser horrible que un rabo te quiera subir hasta su nube y hacerte volar, como si el cielo fuera el infierno. Que cuando “bajes de esa nube”, la vida se haya tornado −nunca más literal − sobrevida, las paredes, polvo, el futuro, presente y el presente, nada.

Que te arremoline sin tiempo, apenas, para asustarte y decirle a tu mami que cierre bien todo y agitar a tu hermano con el “dale, mijo, apúrate con el pan, que te va a coger el tornado en medio de la calle”. Sigue leyendo

Dientes

Cuando a  Gretel se le cayó su primer diente lo guardé tan celosamente que terminé escondiéndolo de mí, y después de revolcar todos los rincones y de revolcar lo revolcado, comienzo a desistir de la idea de incrustarle a algún anillo de plata su  dientecito de pétalo de flor.

Tan chiquitico como fue el segundo, debo esperar a que otro se le caiga -y confiar en que no se lo trague-. Pero ese era el símbolo, el primero, y yo he heredado una costumbre sin explicaciones de guardar ese tipo de cosas. Tanto, que aún no sé qué hacer con mi pelo de hace 35 años, metido en un nailito dentro de una cajita, que está dentro de otro cajón, con el ombligo y otras pertenencias  altamente sensibles. Por eso había decidido cambiar el sentido de guardar cosas por guardar; solo para recordar y presumir del tiempo. Sigue leyendo

Zona de strike

 

A inicios de la serie uno ve cantar los strike como si fueran bolas, sin que nadie los aplauda porque un cuarto juego no tiene las garras de una semifinal…si es que las tiene.  Parece que estás frente al cuarto capítulo de una telenovela sosa, que podrías perderte sin sentimientos de culpa porque es en los últimos tres donde transcurre todo… si es que transcurre.

Y tú estás ahí con un tiempo yerto, menos entretenido que el reguetón del entreinning, sabiendo solo lo básico del manual de pelota, con una pizarra que ayuda poquísimo en su desfase, y un  juego abierto a punto del knock-out, y un ampaya que está arbitrando mal− dicen todos− y te confunde. Y te pones a mirar, entonces, el juego de las gradas, que se ve reñido. Tenso. Sigue leyendo