Dibujando un cuadro

 

Transporte

Hay un cuadro estatal socialista que lleva impreso el nombre al cargo, y viceversa. Y ese mismo cuadro dispone de un carro con su tarjeta, su gasolina, su libre acceso y su estatus jerárquico por más que él quiera y sea, uno más. No lo es, sin embargo: y no lo es porque no quiere serlo,  que bien pudiera empapelarse tras el cristal y a la usanza de sus similares encender  luces si un amarillo le solicita detenerse ,o detenerse y  decir: “estoy trabajando”, aunque se trabaje en la misma dirección de los que esperan ir hacia allá, también a trabajar. Sigue leyendo

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Pagana… y de falda corta

 

pagana

Si los intentos valieran de algo y sentarse en el banquillo de la Iglesia y leer el salmo y escuchar el sermón y aportar el diezmo y rezar…y (bis, bis, bis) nos dotara de fe, yo hubiera sido mucho más que una pagana con ínfulas de creyente. A no dudarlo hubiese llegado a ser – nunca monja- pero sí una buena discípula del Señor, religiosamente hablando.

Porque yo quería creer y los esfuerzos terminaban desvencijados al final de la misa, con 16 años demasiado preguntones como para asumir la conformidad con que los “hijos de Dios” se explicaban las muertes, las miserias y la injusticia. Le cuestionaba al Señor tantos designios que si el pastor de los protestantes y el cura de los católicos hubieran coincidido en excomulgarme, todavía anduvieran en eso.

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Pal carajo los inmigrantes

 

svalrbard

De ahora en adelante no diré carajo: diré Svalbard; y a menos que se estudie geografía nadie sabrá que lo estoy mandando al lugar más al norte del mundo, a unas islitas noruegas del Ártico donde los osos polares superan a la gente y donde, por supuesto, Schenguen no es nada, porque si fuera un acuerdo para circular libremente por la Unión no se parecería tanto al mismísimo carajo o al lugar de acogida que prevén los verdes noruegos para los inmigrantes.

Les han caído del cielo, ya no de Siria, Afganistán,  Serbia, Iraq… y hasta hablan de puestos de trabajo, ahora que la minería del carbón despide a varios de los menos de 3 000 habitantes.  Puede que sea este, sin embargo, un gesto muy humanitario de los noruegos y yo lo comprenda menos que su idioma. Puede… pero del mismo modo que no esperaba mansiones de Oslo, no imaginaba un paisaje tan templado y desolador para gente que se resiste a morir de un tiro, de hambre o de miedo.

Con esa lógica noruega el mundo podría “aniquilar”, de paso, dos inconvenientes. Así,  mientras se  “deshace” de los millones de desplazados va reservándoles un sitio conveniente: se me ocurre que talen madera en Siberia, que pesquen en  Alaska y construyan turísticos iglús para si alguien quiere embadurnarse de aceite y hacerse el esquimal. O que los conduzcan a  islitas remotas de nombres que solo aparecen en los mapas y les coloquen algunos botes, por si un día se aburren y se las dan de malagradecidos.

Y lo más triste es que, quizás, miles y miles de inmigrantes terminen agradeciéndole a los escandinavos su diplomático eufemismo, la disimulada y primermundista manera de cagarse en el mundo y mandarlos al carajo, o sea, a Svalbard.

Jatibonico sin nostalgias

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El tornado, el vendaval, la tormenta severa o el sacudión que le quitó el polvo a Jatibonico llegó como me llegan las historias de mi pueblo hace quince años: por otros. Quince años en los que voy y regreso, regreso y me voy; y en esa intermitencia me he perdido, in situ, algún que otro escándalo de relevancia, que suele ser lo más normal y, al mismo tiempo, lo más relevante de Jatibonico. Obvio lo del Uruguay.

Lo demás es tan esporádico que no figura en el diario del pueblo: asfaltar la carretera central, desbaratarla, volverla a asfaltar…  abrir surcos en la calle para la tubería del agua que vendrá; reparar una escuelita, pasarle brocha al policlínico.

Hubo un día en que sí hicieron una plaza en tiempo récord e improvisaron una tribuna abierta, después de que más de 30 mil habitantes corrieran despavoridos porque la Lebrije agrietó su cortina y Jatibonico, que literalmente es un hueco, siempre ha tenido que soportar a una presa que lo mira con lástima, desde arriba; para colmo sin un aliviadero portentoso que desemboque, callado, toda el agua que embalsa cuando las lluvias la colman. Sigue leyendo

Caballo de Troya

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El tiempo de Tsipras parece, también, una calenda griega, aunque solo por haberle anunciado a la Unión su bofetón disidente vale la pena contemplar el futuro, aun sin certezas. Porque si la Merkel se atreviera a soñar,  soñaría con Tsipras, un Tsipras desnudo, tal vez, para atormentarla, provocarla, colmarla.

Y yo, que de este lado del mundo contemplo, a medias, el show (mediático) me alegro infinitamente de que haya un Tsipras  que le provoque pesadillas a este mundo, o sueños. Depende de quién esté dormido ahora mismo. Sigue leyendo