Luchando mi yuca

Si un salpafuera necesitaba yo para tensar aún más mi relación con los filibusteros del agro, desde ayer ya no me falta nada, solo viandas.

La culpa, pensaba, la había tenido mi periodismo que se ha vuelto incómodo con la realidad, aunque a  veces creo que es la realidad la que lo ha incomodado a él y no logro reconciliarlos ni comprar viandas soltando solo dinero: suelto ironías, metáforas,  caras  fruncidas,  preguntas. Me salen más natural que sus pregones.

Si el vendedor solo quiere vender y es inteligente, me ignora, me cobra − probablemente de más −  aparta su vista de mí y remata,  “!arriba la buena yuca, la bueeeena yucaaaaa!”. Pero el de ayer  se puso bruto…y  me provocó. A mí, que en los días más normales sigo viviendo tan anormalmente.

– Oiga, ha bajao del cuarto piso ese con una caaaaaaalma.

−Es que estaba medio dormida todavía, le dije sin mirarlo .

−Sí, se le nota, sigue viendo las yucas y no elige ninguna. ¡Vamos,  vamos, arriba que la que no se ablanda se queda dura y si no sirve pa una cosa sirve pa la otra! (Ahí todavía no lo miraba… ni falta hacía porque su tono le retrataba la cara)

Pero supongo que alguien tuvo que haberle reído el chiste  mientras le decía “sí claro, pa freír es mejor que esté  un poquito dura, que si no se hace una pasta y chupa mucha manteca”,  y todo eso mientras él la miraba socarrona porque supongo, también, que no se atrevió  a ensayarlo con ningún hombre antes.

Cuando levanté mi cabeza−, ya ahí él sí necesitaba que yo lo viera−  le solté una ráfaga como si llevase una vida entera esperándolo. Fue algo así: “Hay que sentirse muy impune en esta vida pa vender la yuca por encima del precio topado, gritarlo a los cuatro vientos, que  vengo oyéndolo desde la otra cuadra, sugerir que puede estar dura… y pa colmo hacer el chiste. Usted no ha pensao que un día de estos lo pueden denunciar, poner una multica de 1 000 pesos o una cosita así…”

Entonces fue su cara la del poema, la que anunciaba que me quedaría sin yuca  dura ni blandita, que le soltaría los ariques a su caballo y  aaaarrreeeeeee.  Ah, pero mi cara recitaba mejor poesía, con  el desdén incluso de, buaf, total, si carretoneros con yuca a 2.00 peso hay donde quiera y te voy a poner en face o en el blog. Sí, ya verás que sí…

A esas alturas, y en el silencio del careo,  yo todavía creía que mi movida era la del jaque, que el día comenzaría anormal, como siempre, pero no tan anormal. Error. Ese tipo tenía un Doctorado en Fanfarronería (término que bien adjetivado puede ser sinónimo de jaque también) Se ha cultivado sin esfuerzos en una ciudad donde los pocos inspectores que existen van a las tarimas, que es adonde llegan facilito, mientras los carretoneros campean por los campos y compran  la yuca al cash a  70.00  pesos− que es el precio que paga Acopio por un quintal cuando lo paga− y lo  traen al “pueblo” a  200.00  o al tarimero  a 100.00, que fue al que se la toparon a 1.20 la libra…Pues el protagonista de mi historia  vive del plus  y no paga tierras ni fiscos. Por no tener… no tiene ni chapa.

 Y así fue como dio el jaque mate.

−Ah  pues yo no tengo chapa y tú andas hasta sin teléfono. Yo voy a ver cómo carajos me vas a denunciar. Aaaaaarreeeeee, caballooooo!!!!!!!

Ya les dije al inicio que ando sin viandas ¿verdad?

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Una mascota: necesitamos una mascota

 

Un día quiso saber cómo había nacido… y yo que no fui  cesárea y detesto a las cigüeñas le conté la versión minimalista en la que ella salía por un huequito porque yo pujaba duro. Muy duro. Y con su carita de cuatro años me pidió que volviera a pujar. Dale, mamita, daaaaaale.

Inocentemente: así fue cómo mi hija quiso que fuéramos más que dos.

Y ni siquiera porque soplara la flautica entre dientes,  moviera las maracas con una mano  y retumbara con la otra el tambor de cuero de placa, mientras ella arpegiaba su guitarrita … quedó conforme con la banda sonora de nuestras vidas. Le hicimos hasta un video a aquella orquesta que todavía hoy nos desternilla. Jugamos a las muñecas, comimos tarde, le leí y nos acostamos primero que las gallinas. Montamos bicicleta y aprendí a explicarle el mundo. Cuando parecía que habíamos dejado atrás  las crisis de ausencia, ella notó que seguía habiendo cupo para más y me convenció a mí.

Como entonces teníamos casa, pero yo seguía odiando los bancos de esperma, sucedió lo predecible: comenzamos a buscar mascotas. Primero tuvimos dos golfis de centro de mesa que se nos  murieron sin celebrar el mes, hubo  puercos con nombres en en casa de los abuelos que no tuvieron ni que morirse porque diciembre llegó rapidísimo. Luego apareció un gato en casa y  “desapareció” el mismo día. Después buscamos una cotorra y no logramos que la mafia organizada de los montes encontrara un pichón pa que repitiera lo que nosotras decidiéramos enseñarle y no viniera la muy  cotorrita a decirnos Puta.

Encima, se nos escapó el cacatillo que vimos en el Parque de la Ciudad, en venta y cantando, porque ese día necesitábamos más el pernil, que costaba casi lo mismo. Cuando  regresamos al mes siguiente, obvio, ni  cacatillo… ni lo que ustedes saben.

Por decantación. Fue así como llegaron al cuarto piso Rosita y Rocinante, la pareja de pericos que ya se nos queda chiquita a nueve meses de su adopción. Por eso estamos  deseando otro animalito, a Ninja. Ninja será la tortuga de casa y ya tenemos nombre pa cuando la tengamos a ella. En realidad la vida nos va al revés porque mi niña, ya saben,  me pide animales porque antes me pidió un hermanito y como le dije que primero había que tener a un papá pal hermanito, pues se puso a buscarme novio, discretamente.

De momento se ha olvidado de las mascotas y ha llegado a decirme frente a los hombres que hacen pssssssssssss, pssssssssss por las aceras: “ mamita no mires,  que está feo”. O en una de las últimas reuniones: “ mamita, aquel  hombre te mira muy serio, ¿tú escribiste de él?”  O atreverse incluso al: “hummm, parece que disfruta tu beso hasta en la cara porque cerró los ojos cuando te besó”.

Mi hija cree que el amor, definitivamente,  está en los ojos. Que por ahí podría empezar a ver ella un hermanito algún día.

Y yo le he he dicho que a veces no se ve nada, por más que uno mire. Que los hay de los que  miran mucho y muy mal, que  están los ciegos, los que que no querrían a mamita para vivir con ella, los que solo miran a otros hombres…los que no he querido yo,  los que he dejado de querer. Con un discurso apto para ocho años le he desmentido el cuento que le hice a sus cuatro: parir no es pujar.

−Ahhhhh y  si te enamoras mejor de un hombre que ya tengo un niño ¿eh?−, me respondió ligera como si las familias, en efecto, fueran de dos más dos es igual a cuatro.

Desde entonces la he persuadido y he vuelto a conseguir más tiempo a mis 36. Felizmente ya ha sido ubicada y el lunes paso por Ninja. Por eso este post aún no tiene foto.

Las pericas ya no son putas

 

Rosita y Rocinante, posando para el blog
Rosita y Rocinante, posando pal blog

Perica le dije siempre a las putas porque  en algún lugar de mi adolescencia esas palabras se hicieron sinónimos y yo podía disimular la vulgaridad a costa de la pajarita, sin complejos de niña mal hablada. Solo reproducía el “apodo” de las tipas que templaban muy bien y querían muy mal,si querían .

Pero hace días que vengo reprochándome mi injusta  semiótica, sintiendo que le debo un post a la perica de casa. O sea, a la perica de verdad, sin sinónimos,  porque yo nunca he sido puta: yo sé querer muy bien…también.

Pues Rosita, que así fue como le puse,  vino a deshacer en su primer vuelo mi idea lacónica de los amores fáciles. Aunque no sé si fue Rocinante quien deambuló sin éxito por las periqueras del barrio y terminó posándose en su jaula de siempre.  Como antes no los distinguía ahora tengo dudas de quién hizo venir a quién, un mérito en todo caso compartido que, sin embargo, me anoté yo cuando hermeticé la casa y salté como loca hasta enjaularlo (a) otra vez.

Entonces no pensé en las metáforas del amor. Me dije que el pajarito había vuelto por la comida, por el agua, por la seguridad de la jaula o porque hay animales que sencillamente no  saben qué hacer con su libertad. Es el peligro de estar siempre en cauteverio, creyendo que el mundo es una jaula.

Y los míos son  de ese tipo de pericos, se van y  (se) vienen. Lo han hecho cinco veces ya, dan vueltas y acaban en el mismo lugar. Dicen los otros dueños de mi vecindario que mi suerte ha sido que nunca se han ido juntos, o de lo contrario todavía anduviera mirando al cielo. Pero quizás nada tiene que ver con la suerte, digo yo, y se trate de pericos que se nos parecen demasiado  y necesitan tener un lugar adonde regresar. Y los lugares, a veces, son mujeres o pericas. Depende del tipo de animal que se sea o de la habilidad que se tenga para la metamorfosis.

Pensando en eso estaba cuando decidí sentarme a escribir sobre la que tengo en casa y   corregir, de paso, mi léxico adolescente en el que las putas debieron ser putas, por putas y nunca por pericas. Para colmo,  la literatura ornitológica apunta que los pericos tienen una sola pareja en la vida, que  podrían llegar a morir de tristeza si el otro muere ( o se va).

Por eso  he amarrado la puertecita de mi jaula; un exceso de restriccción para evitar que Rosita o Rocinante se me mueran de amor  un día. Y eso no: primero les corto las alas o los mando a volar bien lejos.

El happy end de los cerdos

 

Quizás la habría podido contar así:  “ Y cuando lo permitieran, los puercos estarían, otra vez, allí”. Pero semejante minicuento dejaría al lector ahogado en las suposiciones, creyendo incluso que es uno de esos cuentos donde la Literatura no le es fiel al estado de las cosas. Por eso lo narro en Periodismo, aunque a veces tampoco desde ahí se le haga honor a la objetividad de los hechos.

Esta historia, por ejemplo, está narrada a retazos, con la ausencia de capítulos que explicarían, si es posible explicar, la  “fiebre porcina” que hace unos dos años calentó las cochiqueras más grandes de Ciego de Ávila y las dejó  vacía. En diciembre del 2017 Invasor la esbozó  citando a la directora del Porcino, quien hablaba del “retiro forzoso por procesos judiciales de los cinco mayores productores de la provincia que atesoraban en su conjunto más de 20 000 cabezas de cerdo y cuyo aporte se calculaba en más de 1 800 toneladas de carne.”

Las normas veterinarias que impidieron el traslado de una cochiquera a otra (para evitar posibles contagios) terminaron sacrificando animales que aún no alcanzaban el desarrollo pactado y las pérdidas serían en presente y también en futuro. Cuarenta mil cerdos dejados de cebar cada año en cochiqueras que el marabú cercó: la justicia, no tanto.

Pues lo curioso del proceso fue  que a ninguno de los “implicados” pudo corroborársele delito; al menos, delitos que los llevaran a prisión. Y mientras uno de los criadores, privado eso sí, de criar sus miles de cerdo se acercaba a Invasor y emprendía un viacrucis contra lo que consideraba injusto y malintencionado (para decirlo bonito), esta reportera daría cuentas a finales del 2018 que la mayoría de los porcicultores no operaban con total legalidad (unos 160 se mantenían cebando cerdos y actualizando sus proyectos, licencias, dictámenes…) Ninguno de ellos, sin embargo, fue sometido a procesos judiciales.

“Por ricachones les fueron arriba, por el miedo enfermizo a la riqueza”, diría airado un reportero que nunca se acercó a la historia porque también le faltaban capítulos para entenderla, y contarla a medias casi nunca es una opción (si de críticas se trata).

Pero si me atrevo a esbozarla aquí, créanme, no es por el ejercicio irresponsable de mi profesión o por los pasajes más tristes de una historia que llevó a un hombre a quitarse la vida (dicen que por  vergüenza) y a otro, que llegara a ser el segundo mayor productor del país, a rehusar una entrevista explicando que  “de cerdos no quiero ni hablar”.

No. El motivo es otro. Vino de sopetón, con la pregunta  al pecho de ¿usted no fue la periodista que fue a mi finca cuando me quitaron todo?  Aquel hombre  me puso, otra vez, frente a una historia mal-contada que ya había dado por terminada, antes de empezarla. “Yo estaba pa La Habana entregando cartas y denunciando todo lo que había pasado, por eso no nos vimos, pero me lo dijeron”, insistió él, queriendo  entablar una conversación que no venía al caso porque hablábamos sobre los ingredientes de las croquetas, a kilómetros de una finca, cuyo dueño solo conocía de nombre y aún no nos habíamos presentado.

“Pues sepa que ya nos devolvieron todo, todas las cochiqueras vuelven a sus antiguos dueños, vamos a empezar otra vez. Ya yo tengo como 1000 metíos  allá dentro”, dijo casi sin respirar, exaltado, como no pensé que estuviera.

Y fue ahí justamente cuando decidí escribir sobre mi incapacidad para alegrarme, sobre  mi incredulidad y desconcierto, por más que alguien crea que esta es una historia de final feliz.

El otro choque

Solo el muro le puso frenos, en “su defensa”, y en la imagen no parece ni resentido. El mismo malecón que tantas otras veces ha sido puerta, fue el único que le puso el pare definitivo al  almendrón verde que hacía años manejaba llevándoselo todo. Increíble. No hubo obstáculo más fuerte hasta que llegó el concreto y, unos segundos antes, los muertos.

Atrás ya había quedado el ceda el paso que no fue, la roja que pareció verde, el límite de velocidad que no tuvo, el adelantamiento indebido, el sueño, el alcohol, el socio del somatón, el inspector acere, el yunta del oficial que una vez le tiró un cabo con los puntos del sistema, la chiquita de tránsito que es amiga de la sobrina de Fulanito, el caballito…y toda la concatenación de hechos, probables o no, que ahora, finalmente, resumimos en una palabra: accidente.

O puede que no, que sin el alcohol en sangre ese carro no se le hubiera ido de las manos y circulara todavía, dejando para luego la fatalidad de otros muertos en otra calle, menos popular o habanera, tal vez. Quizás por el ya habitual tramo de la autopista, entre Villa Clara y Sancti Spíritus, hubiese sido considerado un accidente “menor” si juzgamos a este por  los febriles titulares de medios de acá y acullá, con rueda de prensa, incluida. De haber sido uno de los tantos que se reportan con el final consabido de “se investigan las causas”…este hecho   también nos hubiera parecido lo de siempre: un accidente.

Pero la prolijidad de datos ofrecidos por las autoridades nos hizo apreciar un accidente  ya no tan accidental y entre el encono de las redes sociales y la sarta de comentarios en sitios oficiales, la gente ha terminado preguntándose,  no solo cómo puede la vida ser tan efímera,  injusta y sujeta a irónicas casualidades, sino cómo  ha pasado todo lo otro.

¿Cómo matar una vaca podría sancionarse con más años que matar una persona, aun con la imprudencia a favor? ¿Cómo la caída de un avión con cientos de lutos no ha merecido, también, detalladas explicaciones? ¿Cómo nadie se percató  en tantos años  de lo que una comisión pudo revelar 48 horas después de la tragedia? ¿Cómo nos damos el lujo de vender autos a precios siderales mientras el parque casi museable de la Isla debe contentarse con un rodamiento traído de Rusia? ¿Cómo  el irrespeto detrás del timón y fuera del timón ha llegado a límites tan permisivos que solo los muertos parecen recordárnoslo?

El choque de ese auto contra el muro del malecón llega  a doler, más allá de las víctimas que hoy lamentamos.

Mi conga

Calle Libertad. Ciego de Ávila. 17 de mayo de 2017

Calle Libertad. Ciego de Ávila. 17 de mayo de 2017

Hace dos años conguié por Libertad, que es la calle del nombre más apropiado del mundo para un 17 de mayo que se opone a la inquisición de nuestra sexualidad en cuerpo y alma.

Pero quienes encorsetan la felicidad al sexo contrario del que presumen ya sabían que cada 17 de mayo la libertad se abría paso en esa calle, y fueron a mirar desde las aceras. Separados para no confundir el “ver” con el “ser”.

Fueron a fisgonear el “espectáculo” porque a media mañana las oficinas espantan y la cumbancha (incluso esa que espanta tanto o más) es superior a lo previsible de una ruta donde ni las perchas de Guyana, Panamá o México logran espabilar la modorra.  Ni siquiera, el mancomunado esfuerzo del Patio de ARTEX y Vivienda Provincial, posicionados allí, le dan más aglomeraciones a Libertad, que un 17 de mayo.

A estas alturas, solo alguna de sus tiendas convertibles con salchicha, pollo o aceite pudiera competir con la conga. Pero hace dos años había de todo eso; incluso conga. Y ahora… ya sabemos.

Pues hace dos años ella estaba en uno de los tumultos (de la acera); en el bando de los que miran, extendiendo una mano para saludarme. ¿Tú eres Katia Siberia, la periodista?, me dijo sorprendida y feliz, en igualdad de sensaciones, creo. Y mientras le asentía con esa sonrisa que merecen todos los lectores, me felicitaba por mi valentía. “Eres muy valiente, mija. Muuuuuuuy”.

−Gracias, gracias, es mi deber escribir así, le respondí  escueta porque las congas no perdonan a los retardados y solo los “arrolladores” del Gobierno, Salud… y otros organismos a los que la inclusión no les daba para tanto, iban despegados. Y  yo no quería “confundirme” con ellos.

En mi retirada alcancé a ver su perplejidad, como quien no entiende “escribir así”. ¿Pero de qué habla ella? , puso cara  la señora. ¿Pero de qué habla ella? puse cara, también yo.

Hasta que ágil entendí, otra vez, a esa multitud que solo ve en su ídem la defensa de derechos. Nadie mejor que un negro para  defender negros y enfrentarse al racismo. O que una mujer para ser feminista y ponderar la igualdad. O que un guajiro para entender de sudores, o que un  joven para hablar de desenfados… Entonces: nadie como una lesbiana para meterse en medio de la calle y conguear con los LGBTI y todas las letras que quieran sumarle.

Casualmente, esa misma multitud  termina jactándose de los porcientos de un parlamento – de hecho, sin gay, lesbianas, bi o trans, al menos, declarados − que se ufana de una diversidad a la que no le hace honor su unanimidad. Por el contrario.

Y comprendí tanto a aquella señora decepcionada por la valentía que yo no tenía (que tener), que le dediqué el primer párrafo de Los prejuicios también desfilan, para que un día me felicitara por la otra:

“Iban por la calle Libertad. Nombre impropio en los últimos mayos porque unos cientos desfilan exigiendo sus derechos, pero otros cientos, muchos más, se detienen a juzgarlos. Todo ocurre en la misma calle de los prejuicios donde, supone la mayoría, marchen solo los homosexuales y quienes los defienden, que han de ser, suponen también, homosexuales; algunos heteros que se atreven, como mínimo, a parecer homosexuales; y  los organismos que apoyan la inclusión en Cuba, aunque la teoría no les alcance para incluirse en la conga”.

Sobrevida

Yo quería creer. Y más que querer, necesitaba, pero dentro de una morgue hasta las creencias se congelan y  es la idea de la resurrección la que termina en el más allá adonde creíamos que iban los muertos, después de muertos. Y es mentira: al menos mientras observas el cuerpo en la camilla todavía mojada y te piden vestirlo, ocultando la herida de los evisceradores.

Ahí todavía no alcanzas a creer que el alma se eleva, que hay ciertas neuronas que murieron minutos después del corazón y que alguna de ellas podría haberte extendido una despedida a destiempo, aunque tampoco resultaría. No, en una morgue no existe la más remota posibilidad de pensar en la vida, todo es pesimismo, el más sentido de los pésames se da allí.  Luego no se puede.

Porque afuera el llanto de unos corrompe a otros y rompen todos a llorar y casi no hay silencio para el dolor ni estómago para las flores marchitas que aterradoramente huelen muertas, y los ataúdes te impiden tocarle la mano o pasarle la tuya por la frente que siempre te había parecido el sitio de la lástima, cuando la bordeabas con el revés de los dedos. Y eso, exactamente, fue lo que hiciste y sentiste en la morgue.

Una lástima por  todos los que nunca sospechamos que antes de llegar allí podía estarse tan vivo y  por ella que estaba tan muerta. Y peor aún: por haberse ido sin sospechas, algo que de pronto parecía un alivio que ahorraba agonías, como una crueldad con quien deja para después una palabra, la cafetera, recordarle algo al viejo….

Si la funeraria exacerbó todas esas deudas y repasó cada uno de los pendientes  en triste ajuste de cuentas,  el cementerio pareció sepultarlas sin remedio. Pero increíblemente fue allí donde sentí que resucitaba, al fin, y creí  por primera vez en la eternidad. Con la certeza de que no volvería a verla empecé a recordarla para que nunca se me borrara, hasta en aquella manía de su lengua provocando el diastema que antes sonaba incómodo y ahora hermoso.  Desde el entierro de mi tía nunca he sentido una muerta tan viva, y viceversa.